“El Padre Pío me llevó de la mano por el caminito de la gruta”
Escribe María José, mamá de Bautista (Paysandú – Uruguay)
Unos meses antes de la pandemia, en setiembre de 2019, Bautista fue diagnosticado con autismo grado 1. La especificación del grado implica que el paciente puede llegar a tener una vida normal e independiente en casi todos los aspectos. Para entonces ya habíamos visto muchos especialistas hasta que el neuropediatra Pablo Suárez fue quien consiguió formular el diagnóstico definitivo. Llegamos a ese momento después de un proceso largo, difícil, doloroso. Sucedía que “Bauti” tenía dificultades para la socialización, sufría conflictos cuando bajaba a jugar con otros niños porque, sencillamente, no comprendían mucho sus modos, sus formas, sus intereses. Así que siempre terminaba solo, aislado, jugando a su manera, generalmente en círculos y con aleteos, que es lo más común en niños con esas características.
La verdad es que todo aquello fue muy difícil. Lo fue el experimentar las dificultades que se evidenciaban en nuestro hijo y también cuando supimos qué pasaba. Para nosotros como familia era como entrar en un callejón oscuro…no veíamos luz posible. Ahora, con la perspectiva que nos da el tiempo y el contacto con familias que han pasado por la misma situación, entendemos qué nos pasó, cómo nos afectó y asumimos que esas reacciones
son las que generalmente aparecen como respuesta al diagnóstico.
Lamentablemente poco después que tuvimos esa información se desató la pandemia y todo se hizo cuesta arriba, se complicó todo. No podíamos hacer las terapias de manera presencial, las consultas con la psiquiatra infantil sólo eran por llamadas telefónicas, nos encerramos…pasaba todo lo que no era recomendable que sucediera, pero no había otra chance; así la llevamos, como pudimos.
Desde el primer momento fuimos conscientes de que además de la atención de los profesionales, es fundamental el amor, la compañía, el respaldo de la familia. Y así intentamos actuar siempre, tratando de desarrollar lo mejor posible el rol que nos corresponde; asumiendo, aprendiendo, superando, conteniendo, dando amor.
Transcurridos algunos meses, cuando las medidas aplicadas por el covid se hicieron un poco más flexibles y ya no había tantos impedimentos para salir, una tardecita nos fuimos a caminar. Pasamos por la capilla San Francisco en cuyo predio hay una gruta en honor al Padre Pío, esto es en calle Éxodo entre Zorrilla de San Martín y Vizconde de Mauá, en el barrio PayCap de la ciudad de Paysandú. Justo estaba abierto el portón del patio por donde se ingresa al pequeño santuario así que con Bauti aprovechamos para entrar.
Recuerdo que le dije, “Pedile algo al santito, lo que vos quieras, porque es muy milagroso”. Él se limitó a mirarme, en silencio. Inmediatamente cerramos los ojos y pedimos, yo también pedí. Cuando volvíamos a casa me dijo, “mamá, ¿sabés que le pedí al santito? ¡Le pedí que me cure!”.
Me impactó mucho su comentario, pero traté de reponerme rápido para explicarle que él no está enfermo, que lo suyo es una condición, pero que es un niño como todos. La verdad que fue un momento muy emocionante, él sintió pedir eso y está bien. Tengo muy presente aquel momento, nos veo a los dos paraditos frente a la gruta, veo su rostro con los ojitos cerrados, haciendo su pedido. No olvidos las palabras que dijo al regreso.
Después de aquel encuentro, que seguramente se produjo por alguna inspiración especial, “Bauti” empezó a avanzar, avanzó mucho. Desde entonces, en cada logro, en cada progreso, que gracias a Dios han sido muchos, sentimos la presencia, la obra del Padre Pío. Pero además de las mejoras bien concretas y reales de un niño que en aquel momento no
era ni la sombra de lo que ha logrado hasta ahora, todos nosotros, como familia, hemos podido transitar este proceso en unidad y con mucha paz. Y eso, claramente, nos ayuda a todos. Ahí también reconocemos la mano de Pío.
Un fin de año nos fuimos en familia a las Termas de Guaviyú. Sorpresivamente “Bauti” comenzó a gritar, “¡mi santito!, ¡mirá mamá mi santito!” mientras señalaba un muro del hotel en el que había una capillita. Nos gustó esa “casualidad” y la identificación que para entonces ya tenía nuestro pequeño con el Padre Pío. Después nos contó que había hecho otro pedido, esa vez que lo ayude en la escuela. Ahora cada vez que vamos a termas vamos hasta allí, a saludar. Bautista se refiere al capuchino como “mi santito”, así lo llama siempre.
Estando allí aprovechamos para ir hasta La Aurora, pero cuando llegamos comprobamos que se nos había dormido, estaba cansado. No quisimos despertarlo, lo dejamos dormir en el auto y acordamos que lo traeríamos otro día. Los demás marchamos hacia la gruta. Cuando quisimos acordar lo teníamos caminando junto a nosotros porque, según dijo, tenía que ver a su santito. Fue muy linda la sensación que sentimos todos, resultó algo que no puedo explicar con palabras, no sé cómo hacerlo. En lo personal sentí alivio, me sentí liviana, como que no tenía el cuerpo, no sentía el físico, no me pesaba, pero además de todo eso nos llenamos de una sensación de paz increíble, única, como nunca nos había pasado.
Al poco tiempo volvimos a La Aurora, todos sentimos la necesidad de volver. De regreso de esa segunda visita, en casa, “Bauti” dijo algo que nos impactó muy profundamente, lo dijo con toda su honestidad, su ingenuidad, su ternura; auténticamente, como dice todas las cosas. “El Padre Pío me llevó de la mano por el caminito de la gruta, me dijo que ya sabía de mi condición y que me va a cuidar siempre” … así, tan sencillamente, tan
naturalmente. Por supuesto que creemos que existió esa experiencia.
Hoy Padre Pío es el santito de “Bauti” pero también lo es de toda la familia, su intercesión nos ha bendecido con experiencias maravillosas y sin dudas que vendrán más. Lo tenemos presente todo el tiempo, nos encomendamos a él siempre. Tenemos una imagen en el auto y cuando salimos para algún viaje, siempre en familia, nos acompaña en el camino como nos acompaña en el camino de nuestra vida. Gracias a “Bauti” somos fieles al Padre Pío, tenemos mucha fe, algo que quizás habíamos perdido…
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