Dones y virtudes del Padre Pío

La existencia del Padre Pío estuvo marcada por una profundísima espiritualidad, la entrega total a la oración, por una fe inquebrantable, su vocación de guía espiritual, de confesor y la pasión con la que celebraba la misa. Desarrolló especialmente las virtudes de la caridad, la prudencia, la humildad y observó con celo los votos de castidad, obediencia y pobreza. Como resultado del estudio de su caso, que concluyó en 2002 con la canonización (el reconocimiento de la santidad de su vida), la Iglesia Católica Apostólica Romana le reconoce los siguientes dones que, en general, coexistieron.

Bilocación: Es la capacidad de estar en dos lugares al mismo tiempo. Su experiencia se desarrollaba, básicamente, de la siguiente manera: se lo veía en estado de oración en el convento del que nunca salió físicamente, salvo en contadas ocasiones y hacia sitios muy cercanos, al tiempo que su imagen aparecía en otro lugar en acción de la que tenía plena consciencia. Algunos testigos de esas manifestaciones sostienen que se percibe materialidad, “es como ver una persona común, de carne y hueso”. Se relata que la primera de estas experiencias se produjo el lunes 25 de enero de 1904 cuando, sin dejar San Giovanni Rotondo, estuvo en Venecia, a unos 700 kilómetros de allí, para dar la última bendición a un señor de apellido Rizani que moría al tiempo que nacía su hija, Giovanna, que luego se convirtió en hija espiritual del capuchino. El don fue manifestado en suelo uruguayo, en la ciudad de Salto, en cumplimiento de un compromiso que Padre Pío asumió con un destacado devoto, Monseñor Fernando Damiani. La última acción de ubicuidad habría sucedido pocas horas antes de su fallecimiento, cuando “apareció” en Génova para saludar a un amigo que había tenido un accidente.

Estigmas: Pío tuvo las mismas heridas que le provocaron a Jesús al momento de la crucifixión. Esas señales sobrenaturales tuvieron una primera aparición a poco de ordenado, el miércoles 7 de setiembre de 1910 mientras estaba en la casa paterna. En principio eran sólo marcas de coloración rosa en manos y pies. Es dable pensar que Pío haya tenido inmediata y plena consciencia del significado espiritual, profundo, de las heridas y del dolor. El lunes 5 de agosto de 1918 experimentó el fenómeno místico muy escasamente repetido que se denomina transverberación. Ante el requerimiento del Padre Benedetto, su guía espiritual de ese tiempo, Pío describió la experiencia no sin antes enfatizar que la exposición del asunto le provocaba una profunda “vergüenza.

“Por obediencia me decido a manifestarle lo que sucedió en mí desde el día cinco por la tarde, y se prolongó durante todo el seis del corriente mes de agosto. No soy capaz de decirle exactamente lo que pasó a lo largo de este tiempo de super lativo martirio. Me hallaba confesando a uno de nuestros muchachos en la tarde del cinco, cuando de repente me llené de un espantoso terror ante la visión de un personaje celeste que se me presenta ante los ojos de la mente. Tenía en la mano una especie de dardo, semejante a una larguísima lanza de hierro, con una punta muy afilada y parecía como si de esa punta saliese fuego. Ver esto y observar que aquel personaje arrojaba con toda violencia el dardo sobre mi alma fue todo uno. A duras penas exhalé un gemido, me parecía morir. Le dije al muchacho que se marchase, porque me sentía mal y no me encontraba con fuerzas para continuar. Este martirio duró sin interrupción hasta la mañana del día siete. No sabría decir cuánto sufrí en este período tan luctuoso. Sentía también las entrañas como arrancadas y desgarradas por aquel instrumento, mientras todo quedaba sometido a hierro y fuego. Desde aquel día estoy herido de muerte. Siento en lo más íntimo del alma una herida siempre abierta, que me causa continuamente un sufrimiento atroz”.

 Tras graficar tan nítidamente aquel impactante episodio y con la humildad que le caracterizó, el joven capuchino expresó al director espiritual su temor de que la impresionante manifestación fuese un castigo de Dios. Benedetto resultó contundente en su respuesta: “Todo lo que ocurre en ti es efecto del amor, es prueba, es vocación a corredimir y, por tanto, es fuente de gloria”. Fray Paolino, entonces superior del Convento Santa María de las Gracias, describió “las heridas” con estas palabras:

“A título de cronista debo decir que lo que más me ha sor prendido en la vista de las llagas ha sido la forma de la llaga del costado; está situada propiamente en la parte del corazón y no en la parte del costado opuesto como he oído decir a más   de uno. Tiene la forma de una aspa o X; de esto se deduce que las heridas son dos y ello está de acuerdo con el hecho que he oído contar, pero que yo no lo puedo probar por falta de argumentos seguros; esto es, que el padre Pío fue herido con una espada por un ángel, en la parte del corazón, mucho antes de recibir las llagas. Y, finalmente, la otra cosa que me causó fuer te impresión es que esta llaga tiene la apariencia de una fuerte quemadura en el costado; no es superficial, sino profunda”.

El viernes 20 de setiembre de 1918 aquellas “marcas” que se habían manifestado en 1910 se transformaron en heridas visibles, abiertas y sangrantes En obediencia a su superior inmediato redactó las siguientes líneas que se transforman en un relato vivo de su crucifixión.

“Era la mañana del día 20 del pasado mes de setiembre. Estaba en el coro después de la celebración de la misa, cuando me vi sorprendido por un estado de sosiego semejante a un dulce sueño…Mis sentidos internos y externos estaban en una quietud indescriptible. Se apoderó de mí una gran paz… Y, mientras ocurría esto, me vi ante un misterioso personaje, semejante a aquel que vi en la tarde del 5 de agosto. Sólo se diferenciaba en que éste tenía los pies, las manos y el costado manando sangre abundante. Su vista me llenó de terror. Nunca sabré explicar lo que sentí en aquellos momentos. Me sentí morir y habría muerto ciertamente si el Señor no hubiese venido a sostenerme el corazón, que parecía se iba a salir del pecho. La presencia del personaje desapareció y, entonces, me percaté de que mis manos, pies y costado estaban traspasados y arrojaban sangre a borbotones. La herida del corazón es la que despide de continuo sangre, en especial el jueves por la tarde hasta el sábado por la mañana... Padre mío, temo morir desangrado si el Señor no oye mis gemidos… ¿Me concederá Jesús esta gracia? ¿No quitará al menos de mí esta confusión que experimento por causa de estas señales externas?”.

Además de esas lesiones sufrió una herida en el hombro derecho, aunque algunos sostienen podría haberse manifestado en uno y otro costado de manera alternada, y que era la reproducción de la lesión que provocó en Jesús el traslado del madero de la cruz por el camino del calvario. Era ésta, precisamente, la llaga que le provocaba mayor dolor. Las primeras reacciones oficiales de la Iglesia fueron para desacreditar el fenómeno y dejar a Pío en una situación incómoda. Esa postura tuvo su origen en los informes del Padre Gemelli, médico del Papa Benedicto XV, quien aseveró, aun sin ver las heridas, que eran resultado de una conducta neurótica. Los estigmas sangraban prácticamente a diario y en algunas ocasiones de forma abundante pero jamás se infestaron ni cambiaron su forma ni su tamaño. Esa pérdida constante de sangre no implicó complicaciones que resultarían lógicas como la aparición de algún cuadro de anemia, inclusive cuando la dieta de Pío se limitaba a unos pocos gramos de alimentos. Los equipos de profesionales que abordaron la temática en el estudio del caso rumbo a la santificación llegaron a establecer que no existe explicación científica o racional para las lesiones. Dicho de otra manera, necesariamente tuvieron un origen sobrenatural.

Curación: son aquellos casos en los que por razones inexplicables según las leyes de la naturaleza se consigue la recuperación de la salud, la superación de una enfermedad, herida, daño físico o espiritual. A lo largo y ancho del mundo hay miles de ejemplos de personas que acuden a la intervención del Padre Pío en procura de ese favor divino. Gracias a Dios los ejemplos se multiplican, son contemporáneos y muchos están muy cerca. Ya en el año 1919 importantes periódicos italianos publicaron informaciones referidas a curaciones milagrosas obtenidas por su intercesión. Il Giornale d”Italia y El Mattino de Nápoles daban cuenta de aquellas manifestaciones y ya utilizaban el concepto de “santo” para referirse al entonces joven sacerdote. Las crónicas relataron el restablecimiento “milagroso” de la salud de un soldado y del canciller del pueblo. Francesco siempre se esforzó por dejar en claro que su tarea sólo consistía en solicitar la intervención divina, que el milagro viene de Dios. «Actualmente para la beatificación de un siervo de Dios no mártir, la iglesia pide un milagro, para la canonización (también de un mártir) pide otro. Sólo los presuntos milagros atribuidos a la intercesión de un siervo de Dios o de un beato “post mortem” pueden ser objeto de verificación. Se considera milagro aquel hecho que supera las fuerzas de la naturaleza, que es realizado por Dios fuera de lo común de toda la naturaleza creada por intercesión de un siervo de Dios o de un beato», se explica en el artículo “Por qué se necesitan milagros para canonizar” publicado en la web www.hermanasfranciscanas.wordpress.com. Para sustentar la beatificación fue presentado el caso de Consiglia De Martino, una señora residente en Salerno (Italia) que en setiembre de 1995 estuvo a punto de fallecer por la rotura de un conducto linfático. Cuando la medicina no tenía nada que hacer la salvó su fe. El Papa Juan Pablo II beatificó al fraile capuchino el 2 de mayo de 1999 y la señora Consiglia participó de la ceremonia. El 16 de junio 2002 el mismo pontífice lo declaró santo en base al milagro obrado en Matteo Pío Colella. En enero de 2000, con sólo siete años, fue diagnosticado con meningitis aguda fulminante; no le funcionaban nueve órganos y prácticamente no tenía pulsaciones. Internado en el Hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”, que fundó el Padre Pío, poco después de su ingreso los médicos anunciaron a la familia que se trataba de “un caso perdido” y su fallecimiento sería “cuestión de horas”. María Lucía, mamá del niño, fue a la tumba del fraile a pedir por la vida de su hijo. Después de once días en coma Matteo despertó sin afectación alguna y contó haber recibido la visita del capuchino que le anunció su mejoría en el contexto de una profundísima experiencia mística. Bajo el título Testimonio de Matteo Pío, la página www.padrepio.es publicó el relato del protagonista de la historia.

TESTIMONIO DE MATTEO PÎO  

Cuando tenía 7 años, tuve una enfermedad grave que se convirtió en una aventura entusiasmante para mí, porque estuve con el Padre Pío. En cambio, para mis padres fue un drama. Un día estaba en la escuela y me dio fiebre, ese día empezó mi increíble viaje. Yo estaba en el Cielo, o sea en otro mundo, pero esto lo comprendí después. Me vi con el Padre Pío y los ángeles en un hueco redondo, primero blanco y después era como una televisión. Yo estaba delante de aquel agujero, junto a las máquinas que hacían `bip-bip´. Pero mi alma estaba con Padre Pío. Cuando el agujero se convirtió en una televisión, vi al Padre Pío y los ángeles que me daban la mano. Los ángeles eran grandes y bellísimos, uno blanco con las alas amarillas y dos rojos con las alas blancas, en vez de cabezas tenían fuertes rayos de luz. No sentía ni calor ni frío, ni hambre ni sed y no me importaba nada ni nadie. Padre Pío me dio la mano derecha y me repetía: “Matteo, no te preocupes, te curarás muy pronto”. Sonreía y me miraba. Tenía la barba blanca, el hábito marrón y sus palabras y su rostro me tranquilizaban. Lo extraño fue que yo no pensaba en nadie de mi familia, no buscaba a ninguno, estaba bien, no necesitaba nada. Yo estaba vestido de blanco, con ropa larga hasta los pies y estaba descalzo. De pronto, Padre Pío y yo estábamos volando y llegamos a Roma. Entendí que era Roma porque pasamos por encima del parque de atracciones, donde ya había estado con mi tío Juan. Entramos en un hospital de Roma atravesando una venta na, como los fantasmas. Vimos un niño rígido, que estaba en la cama. Padre Pío me dijo (con el pensamiento no con la boca porque estábamos muertos): “¿quieres curarlo tú?”, “¿y cómo se hace? -le pregunté asombrado-. Me respondió: “¡Con la fuerza de voluntad!” y así, alargando las manos sobre él, lo curamos. En ese momento vi a los doctores en la otra habitación a través de una pared que era una gran puerta de vidrio y estaban hablando de ese niño. Padre Pío y yo nos fuimos de allí y volví a mi cama. Poco después desperté y quise que Padre Pío me cogiera de la mano (quería también un refresco de Coca Cola). Cuando todos supieron que desperté vinieron donde estaba: mi madre, mi padre, mi tío Nicolás y mi tío Juan, y los médicos de la reanimación. Los veía a todos desenfocados y no entendía qué estaba su cediendo, por qué me encontraba allí y por qué Padre Pío no estaba con nosotros. ¡Quería pedir tantas cosas a mi madre!, pero no podía hablar, tenía un tubo en la garganta. Me trajeron la Televisión, la play-station, de hecho, fui el primero en tenerla. Estuve muy mal, pero poco a poco todo se fue solucionando. El día que salí del hospital, mi madre y mi padre junto a mis compañeros de colegio, con las otras madres y los maestros, me organizaron una bonita sorpresa: todos me espera ban junto a la casa con banderines, globos y papel picado. Esto que me pasó fue una enseñanza, porque me hizo entender que hay que creer en el Cielo, (yo fui allí) y hay que ayudar a los demás como me enseñó el Padre Pío al sanar a ese niño, que aún no sé quién es… ¡Esta fue mi increíble aventura!".

Clarividencia, discernimiento extraordinario o capacidad de leer conciencias y profecía: Este don se hacía especialmente evidente en el confesionario donde Pío pasó muchísimas horas, en algunas temporadas hasta 16 al día. Podía ver cada rincón del alma, episodios sucedidos en cualquier lugar y momento, así como prever el futuro. Existen muchísimos testimonios de personas que se confesaron con el fraile y que el omitir algún hecho en la declaración fueron ayudados para recordar aquello que olvidaban. Una señora se arrodillaba cada noche frente a la foto del sacerdote mientras su marido se reía por el gesto de devoción. Una vez ese hombre se confesó con el capuchino y le contó de la práctica de su señora, recibiendo como respuesta esta contundente afirmación; “y tú te ríes cada tarde de ella”. Un hombre que había decidido dejar de fumar se encomendó al religioso en busca de ayuda ante aquel esfuerzo. Cada tarde se paraba frente a la foto de Pío, mostraba el paquete de cigarros completo y decía el número de días que habían transcurrido sin que probara tabaco. Alcanzó 81 días sin fumar y cada una de esas jornadas hizo el mismo gesto. Entonces fue a ver al Padre y le dijo: “¡son 81 días que no fumo, 81 paquetes!”. La respuesta fue: “lo sé como tú lo sabes, me los has hecho contar todas las tardes”.

El perfume de santidad: Uno de los dones que suele aparecer en las personas que alcanzan el estado de santidad es el de la emanación de un perfume o de perfumes que se describen como particularmente exquisitos y que difícilmente se puedan asimilar a los aromas conocidos en la tierra o al menos no exactamente; aunque en algunos casos aparezca un olor que resulta parecido al perfume de las rosas. Los aromas impregnan objetos y lugares y se constituyen en la señal de la presencia del santo y en la respuesta favorable a un pedido. Cuando fue consultado al respecto, Padre Pío dijo: “No soy yo. Es Dios el que actúa. Lo hace sentir cuando quiere y a quien quiere. Todo ocurre como le gusta a él”. Los detractores denunciaban que las fragancias surgían de la utilización de perfumes industriales que suponían el fraile aplicaba desde algún dispositivo que, imaginaban, llevaba oculto en el hábito.

Levitación: La capacidad de permanecer suspendido en el aire y de desplazarse a unos cuantos centímetros sobre el suelo fue otro de los carismas que Dios entregó a Pío, aunque quizás éste no haya sido aún demasiado difundido. Un fraile llamado Ascanio, que también vivía en San Giovanni Rotondo, contó que una vez lo esperaba para comenzar las confesiones. Pensaba en la dificultad que tendría su hermano para ingresar dado que el lugar estaba lleno de gente. De pronto, y aun sin que las puertas se abrieran, “vi al Padre Pío que caminó sobre las cabezas de las personas, dirigiéndose luego hacia el confesionario. Posteriormente desapareció y después de algunos minutos comenzó a confesar”, aseguró. Algunas horas después Ascanio interrogó sobre cómo había podido caminar sobre aquella gente a lo que Pío respondió: “Puedo asegurarte, hijo mío, que es igual que caminar en el suelo...”. Cuentan que en el momento de la consagración en la misa celebrada por la inauguración del Hospital Casa de Alivio del Sufrimiento, en mayo de 1956, el sacerdote se elevó hasta unos sesenta centímetros del suelo y permaneció así durante varios minutos. Los periodistas que cubrían la actividad fotografiaron el episodio, pero cuando intentaron revelar sus rollos resultó que las imágenes estaban veladas.

Capacidad de hablar y comprender varios idiomas: hablaba un dialecto italiano y nunca estudió formalmente otro idioma sin embargo existen diversos testimonios que revelan su capacidad de entender y hablar otras lenguas. Este don se conoce con el nombre de xenoglosia. Cuando le preguntaban sobre cómo era capaz de hablar o escribir en idiomas que le eran extraños respondía citando al profeta Jeremías: “Yo no sé hablar. Pero el Señor me ha dicho: vete y anuncia”, para dejar en claro que el espíritu divino era la fuerza que lo inspiraba. Son conocidos varios testimonios que revelan las palabras de Padre Pío contando que su angelito de la guarda lo ayudaba a hablar, leer y escribir en idiomas que desconocía.

Capacidad de distinguir seres y objetos sagrados de los profanos: Podía distinguir objetos que habían sido bendecidos y personas consagradas a Dios. Ese carisma se denomina como lerognosis. Así que era capaz de saber cuando el agua o elementos como rosarios, medallas o imágenes ya estaban bendecidos y lo hacía saber si pretendían que él los volviera a exaltar. Veía a Jesús, a la Virgen María, a los ángeles, ángeles de la guarda, el alma de fallecidos y seres demoníacos con los que muchas veces tuvo verdaderas luchas físicas de las que también han quedado diversos testimonios.

Otras fuentes señalan el don de lágrimas como otro carisma en referencia a las que derramaba cuando celebraba la misa, especialmente en el momento de la consagración. La emoción que se hacía evidente en sus ojos, así como los gestos de su rostro eran demostración del infinito amor que Pío profesó al Creador.

“La mayor obra en la tierra”

Pío se une a sus hermanos en el dolor, ayuda a cargar cruces, así como comparte la cruz con Jesús. Descubre en el sufrimiento una oportunidad de santidad, pero también busca evitar el padecimiento de los otros. Inspirado
en esa solidaridad con el dolor del prójimo, el sábado 5 de mayo de 1956 y ante la mirada atenta y emocionada de unas 15.000 personas, encabezó el
acto de inauguración de la que definió como su “mayor obra en la tierra”, a la que reconoce como “hija de la providencia”: el Hospital Casa Alivio del Sufrimiento. En 1957 el Papa Pio XII le concedió la dispensa al voto de pobreza para que pudiera dirigir el servicio que había creado. Sin embargo, poco tiempo después se desató una serie de denuncias que lo acusaban de apropiación indebida de fondos, malversación y enriquecimiento. Incluso llegaron a llamarlo “el monje más rico del mundo”. Como resultado de
esa campaña de desprestigio el Vaticano no sólo le quitó la administración del Hospital, sino que hasta recomendó a los fieles no asistir a sus misas ni a su confesionario. Pío había pedido que tras su muerte la obra fuese recibida como donación por el Vaticano y desde entonces la administración corresponde a la Santa Sede. El Hospital, que en marzo de 2018 fue visitado por el Papa Francisco, cuenta con más de 1.200 camas, brinda atención en unas 50 especialidades y es considerado como referencial en Europa.


“En el pobre está Jesús, en el pobre que sufre está Jesús dos veces”, afirmó el Padre Pío. 
Fachada del Hospital Casa Alivio del Sufrimiento, en San Giovanni Rotondo.


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