Padre Pío en los paisajes del Uruguay

 

La devoción uruguaya hacia el Padre Pío se inició prontamente, cuando todavía era un joven sacerdote, casi que en simultáneo con el fervor evidenciado en algunas regiones de Europa y particularmente en su Italia natal. Aunque también es cierto que la adhesión no se ha manifestado con la misma intensidad en las diferentes zonas del suelo oriental, heterogeneidad que todavía se descubre; mientras en algunos departamentos el capuchino es altamente reconocido en otros no lo es tanto. Pero, independientemente de ese dato, existen devotos en muchos rincones del país. Esta afirmación no surge de una deducción lógica sino del relevamiento que realizó la devota, investigadora y difusora Esperanza Cánepa para su sitio web (www.padrepio.uy).

El trabajo detectó que a lo largo y ancho del Uruguay existen un medio centenar de puntos destinados a honrar al santo. Se trata tanto de sitios erigidos exclusivamente para su alabanza como aquellos casos en los que su imagen no fue incorporada en un lugar central. La larga lista incluye lugares referenciales, altamente conocidos, caso de la gruta de La Aurora, iglesias de diversa jerarquía, así como sitios de menor entidad pero que se consolidan como espacios de oración. La paciente y esforzada tarea presenta cada uno de esos destinos con su correspondiente georeferenciación, con fotos y datos de su historia.

Desde una mirada que enfatiza en el aspecto cuantitativo resulta que el dato es revelador; la presencia del Padre Pío en los paisajes uruguayos es muy significativa. Pero aún hay más, el estudio referido no contempla unas cuantas decenas de pequeños santuarios o altares que se crean especialmente en casas de familias, o, en general, en espacios privados, y que en muchos casos tienen algún grado de exposición pública. 

No obstante, se puede afirmar, sin temor al equívoco, que permanentemente surgen sitios con esas características como resultado de la gratitud, como testimonio de fe. Lo que ahora es tangible nació antes, en un proceso estrictamente interno e inmaterial. Es el resultado de la devoción que cobra una imprescindible dimensión social, que une trascendiendo todo aquello que, desde la mirada humana, puede implicar diferencias, que logra transversalidad en muchos sentidos.

¿Los primeros devotos orientales?

“Extrañamente el Padre Pío está muy ligado a Uruguay, la fama que tiene acá no es común en otros países de América Latina”, afirmó el Padre Guillermo Buzzo, sacerdote de la Diócesis de Salto, graficando la considerable proyección popular que tiene por estas tierras aquel que se definió como “un pobre fraile que reza”.

Corresponde que tengamos en claro que ese fervor surgió varias décadas antes de que la Iglesia reconociera la santidad del primer sacerdote estigmatizado de la historia y, por tanto, que su desarrollo trascendió la institucionalidad. Aunque también es cierto que algunos responsables de esa institución, de manera personal, asumieron un rol fundamental en el proceso, promoviendo, abiertamente, el conocimiento del hijo espiritual de San Francisco de Asís.

Así, todo ese movimiento tiene su origen en la suma de acciones particulares cuya identificación plena y total resulta imposible. Entonces, debemos contentarnos con el señalamiento de algunos episodios icónicos, nada más que eso.

Para dimensionar debidamente la trascendencia de la acción de aquellos impulsores es imprescindible que se valore el momento histórico y sus características. 

Durante prácticamente todo el siglo XX la Iglesia desestimuló la devoción al Padre Pío. Primero, mientras vivía, porque sospechaba de la sobrenaturalidad de sus cualidades. Y después de su muerte aguardando el resultado de la causa por su canonización. La política institucional era clara y especialmente enfática. Por ejemplo, una resolución del año 1936 del instituto del Vaticano entonces conocido como Santo Oficio ordenó la expulsión de los sacerdotes que promovieran el conocimiento del Padre Pío y la prohibición de comulgar para los laicos que actuaran en el mismo sentido. La medida estuvo vigente durante varios años

“Mons. Alfredo Viola (2º obispo de Salto) tenía un enorme aprecio por Pío, y pudo haber contagiado esta amistad a Mons. Fernando Damiani en los viajes que regularmente efectuaban a Italia y que permitieron el contacto con el ahora santo Padre Pío”, señala el periódico vespertino salteño La Prensa en un artículo publicado en 2019 con motivo del 51 aniversario del fallecimiento del fraile del Gargano. “Padre Pío fue muy amigo de Monseñor Viola, segundo Obispo de la Diócesis de Salto. Hay una foto suya y de un todavía joven Padre Marcelo Mendiharat, que después fue el tercer Obispo de Salto, junto a Padre Pío cuando fueron a visitarlo durante la celebración del Concilio Vaticano II”, destaca Buzzo. Más allá de esa imagen, no resulta viable encontrar información precisa sobre ese vínculo, lo que tampoco implica que la referencia deba ser colocada en tela de juicio.

Sí aparece muy bien datada la devoción de Monseñor Fernando Damiani.

Visitas uruguayas en San Giovanni Rotondo.
A la derecha de Padre Pío aparece Monseñor Alfredo Viola, segundo
Obispo de Salto, y en el extremo izquierdo está el Padre Marcelo
Mendiharat, tercer Obispo de esta Diócesis.
La imagen fue publicada en el blog Dar y Comunicar de Monseñor Heriberto Bodeant, Obispo de Melo.

Margarita Damiani, hija de Víctor, sobrina y ahijada de Fernando, envió una carta a la Revista La Voz del Padre Pío en la que destacó el lazo de amistad que unió a su familia con el fraile oriundo del pueblito de Pietrelcina y, en ese contexto, detalló algunos hechos reveladores, que en general no se habían difundido masivamente. Según ese documento, que permite concluir que Monseñor Fernando Damiani tomó conocimiento de Pío en Italia y no Uruguay, en 1921 el dignatario viajó a Roma en su condición de Vicario General de la Diócesis de Salto para cumplir diversas misiones oficiales. «En 1921 estando en Roma llegó a sus oídos las gracias que Dios realizaba por intermedio de un fraile capuchino en San Giovanni Rotondo. Él tenía una dolencia por la que había sido desahuciado por los médicos, cuando llegó al convento después de haber conocido al P. Pío éste lo bendijo y solo le dijo: “Ahora ve que te vean los médicos”. Estaba curado», relata.

En el libro que Pablo García Pintos dedicó a su padre, Doctor Salvador García Pintos – Siervo de Dios- Historias (Editorial Linardo y Risso, Año 2010), cuenta que Damiani retornó a Italia en 1928 con el “encargo de convencer a la orden de los oblatos para que enviaran curas misioneros a Uruguay para colaborar con la amplia tarea que la Iglesia tenía en aquella diócesis, de gran tamaño y tan incomunicada”. Según otros testimonios el Vicario también debía intentar captar sacerdotes para la jurisdicción de Melo. Concretadas las gestiones con resultados positivos e inmediatos, el sacerdote volvió al convento donde vivía el Padre Pío y allí sufrió una descompensación muy importante que lo llevó a temer por su vida.

Superada la crisis hizo notar a Padre Pío que se sintió morir y que hubiese deseado su compañía en ese momento. El fraile respondió que debía volver a Uruguay porque restaban varios años de trabajo y comprometió su asistencia para la última hora.

Bien entrada la noche del jueves 11 de setiembre de 1941 golpearon la puerta de la habitación de la Curia de Salto en la que circunstancialmente descansaba el Arzobispo de Montevideo, Antonio María Barbieri. Quien llamó alertaba que, en el dormitorio contiguo, Damiani necesitaba ayuda. Barbieri, que respondió inmediatamente al llamado, vio que alguien que vestía el hábito marrón de los capuchinos se retiraba por el pasillo que une las habitaciones y vinculó la advertencia con esa persona, aunque la congregación fundada por “el pobrecillo de Asís” no ha tenido presencia en esa ciudad oriental. 

El Vicario General de la Diócesis salteña fue hallado en plena agonía junto a una esquelita que dice: “Padre Pío, San Giovanni Rotondo: Espasmos continuos y del corazón me atormentan…”.

Cuentan que varios años después Barbieri tuvo la oportunidad de interrogar a Forgione sobre aquella situación recibiendo como repuesta, después de un silencio que reveló cierta incomodidad, la siguiente frase “Usted quiere saber todo”. 

El Padre Guillermo Buzzo contó que un fraile del claustro de San Giovanni le aseguró que «en su diario íntimo, su libro personal, el Padre Pío registró aquel día esta frase: “Hoy visité un amigo en Uruguay”».

Pareciera que hoy ya no tenemos forma de calibrar debidamente cuál fue el impacto de aquella manifestación, pero es dable pensar que la noticia tuvo algún grado de proyección popular, abonando la creciente fama de santidad con la que se reconocía al capuchino.

Los mitones

Desde las primeras décadas del siglo XX han circulado en Uruguay, y especialmente en Salto, algunos mitones utilizados por el Padre Pio, objetos a los que se apela para requerir la intervención del santo y a partir de los cuales surgen varios relatos que dan cuenta de curaciones milagrosas. Se conoce que uno de esos guantes, que cubren la mano hasta el nacimiento de los dedos, fue traído al país por Monseñor Damiani pero no es tan claro el origen de los que poseyeron las señoras salteñas Clara Popelka y Ramona Almeida. Es razonable considerar que hayan llegado otros ejemplares, aunque esas presencias no hayan sido tan notorias. 

En el texto referido, Pablo García Pintos establece que cuando Damiani retornó del viaje de 1928 “… en su equipaje trae mitones con manchas de sangre de los estigmas, dados por el Padre Pío” y relata un episodio familiar que involucró a su mamá y que refiere a la apelación de aquellos elementos.

Contrariamente, el periodista Francesco Bosco cuenta en el sitio www.padrepio.it que fue en la visita al “pietrelcinesi” concretada el lunes 11 de abril de 1921 cuando Fernando se hizo del mitón. En el mismo texto relata que pocos días después el sacerdote uruguayo «fue recibido en audiencia privada por el Papa Benedicto XV, a quien le habló del Padre Pío. El Papa respondió en español: “El Padre Pío es verdaderamente un hombre extraordinario, uno de esos que Dios envía de vez en cuando a la tierra para convertir a los hombres”». 

Si bien no existen condiciones que permitan descartar que las valijas usadas por Monseñor Damiani en 1928 hayan carecido de tan preciosa presencia, el dato que aporta Bosco es refrendado por otro hecho de relevancia también sucedido en 1921.

Hacia finales de aquel año la religiosa Teresa Salvadores, de la Orden de San Vicente de Paúl, que ocupó el cargo de directora del Colegio de la Medalla Milagrosa de Montevideo, se debatía entre la vida y la muerte tras un largo padecimiento a causa del cáncer de estómago. La situación era de tal gravedad que la monja llegó a rechazar la morfina porque ya no le provocaba alivio. Entonces el propio Damiani, no está claro si por sí mismo o a través de un familiar o un asistente muy cercano, hizo llegar el guante a la agonizante. Los testigos narraron que tras la aplicación la religiosa se durmió profundamente y que luego de tres horas de descanso pidió su hábito y volvió a trabajar con la intensidad que la caracterizaba, sin rastros  de aquellos males.

La propia Teresa contó que “vio” en sueños cómo Pío posó su mano sobre el costado del vientre que presentaba una hinchazón muy notoria, soplaba cerca de su boca y finalmente le decía “cosas que no son de este mundo”. 

Clara Popelka tuvo un mitón que habría traído entre los años 1952 y 1954, tras obtenerlo directamente de Pío. Cuentan que durante muchos años fue exhibido como reliquia en un colegio católico de Salto hasta que en determinado momento, ante una situación familiar que requería la intercesión del capuchino, lo mujer lo retiró del lugar. Se estima que el objeto habría circulado por diferentes grupos de oración y que sería el mismo que actualmente está en la ciudad de Rocha. En un informe publicado por Diario El Pueblo de Salto en 2010, con motivo del 42 aniversario del fallecimiento del sacerdote estigmatizado, se plantea la idea de que ese guante pudo haber sido el mismo que Monseñor Alfredo Viola consiguió con la monja encargada del lavadero de San Giovanni Rotondo para uno de sus amigos, Víctor Popelka. Según la fuente consultada por el matutino, ese objeto habría quedado al cuidado de Clara, hija de Víctor, la misma persona que según otras tradiciones orales recibió el guante directamente de Padre Pío.

Algunas versiones citadas en ese trabajo establecen que ese mismo guante sería el que, después de andar mucho de mano en mano, terminó en poder de Ramona Almeida Pintos de Zeballos, en el barrio El Cerro de la capital salteña. Aunque los familiares de doña Ramonita rechazan esa versión para afirmar que recibió el mitón en 1958 como regalo de su hermana María Marta, monja dominica. La religiosa que vivía en Colombia tuvo la oportunidad de viajar a Italia con una agenda que incluía la visita a San Giovanni Rotondo, así que tejió los guantes para ofrecerlos a Padre Pío. Él se probó uno y verificó que le generaba incomodidad; en tanto no lo podría usar, lo devolvió con manchas de sangre de los estigmas. Así fue que María Marta envió aquel regalo a su hermana cuyo cuerpo padecía de severas afectaciones por quemaduras con agua caliente. Propios y ajenos vincularon su recuperación con la llegada de aquellos presentes y ágilmente expandieron la novedad.

En gratitud doña Ramona reservó el lugar más destacado de su casa para constituir un humilde santuario cuyo centro era ocupado por una canastita de mimbre con el guante. Permitía que los devotos ingresaran a rezar, tanto en grupos como individualmente, y ante situaciones especiales lo aplicaba sobre el cuerpo del enfermo al tiempo que pronunciaba algunas palabas ininteligibles para los demás. 

En la crónica del diario se establece que era “impresionante la gente que venía” en busca de la intercesión del Padre Pío y que surgieron muchos relatos referidos a curaciones. La señora falleció a los 93 años, en 1984, y entonces la Diócesis de Salto, a través de la parroquia de aquel barrio, encontró la oportunidad de terminar lo que parecía transformarse en una especie de culto al objeto. El sacerdote a cargo de la zona recomendó que el mitón fuera colocado en el ataúd que guardó los restos de su propietaria. 

Los familiares recuperaron el guante cuando hicieron la exhumación y desde entonces lo preservan íntimamente. Quizás esa decisión tenga algo que ver con que la no adhesión al catolicismo, aunque reconocieron al periódico que a través de la prenda se siguen obrando ayudas extraordinarias. 

Mabel Da Costa Porto, otra vecina de Salto que brindó datos a este trabajo, aportó otra versión sobre el origen del objeto. Afirma que según escuchó en la casa de aquella señora, que visitaba asiduamente, el mitón habría llegado “entreverado” en una bolsa con ropas que integraba una donación proveniente de Italia en apoyo a la acción caritativa denominada “Obra San Francisco de Asís”.

El desarrollo particular y alejado de la institucionalidad de todas esas experiencias hace que resulte especialmente complejo conseguir un seguimiento fino de sus pormenores. Pero la relevancia de estos datos no reside en la literalidad sino en aquello que insinúan, que dejan entrever, y esto es de qué manera aquellos escasos sacerdotes, buena parte de la sociedad litoraleña (especialmente salteña) y algunas pocas familias de otros lugares del país consiguieron, a fuerza del testimonio de su devoción, que la figura del Padre Pío tenga una proyección tan considerable en el Uruguay y particularmente en la zona de Salto, en cuya área de influencia fue construida la conocidísima gruta de la Estancia La Aurora.

       El sacerdote capuchino Ermelindo Di Capua, que cuidó al Padre Pío 
en sus últimos años de vida, estuvo en Salto en 2012 con algunas reliquias del santo. 
Foto aportada por la familia Minutti Bozzo.

El Padre Pío acompañado por el joven
fraile Ermelindo Di Capua. 
La foto circula por internet.

                                          

Comentarios

Entradas populares de este blog

Gruta en Arroyo Malo (Paysandú): “una obra para que todos supieran lo milagroso que es el Padre Pío”

“El viejito de barbita estuvo acá, pero se fue volando”

“El Padre Pío me llevó de la mano por el caminito de la gruta”