El hombre detrás del vidrio

Blanca convive con una insuficiencia respiratoria que ha manifestado algunos episodios de gravedad extrema, sólo superados tras varios días de internación y con la atención que se brinda en el área de cuidados intensivos. En el invierno de 2007 sufrió una de esas situaciones, siendo entonces una docente recién retirada de la actividad laboral que desplegó en Salto (Uruguay), su ciudad natal. 

“Enfrenté las primeras horas de la crisis en casa hasta que mi hija marchó conmigo al sanatorio donde inmediatamente me ingresaron al CTI”, cuenta y hace la distinción de que lo delicado del cuadro no implicó la pérdida de conocimiento; “estuve siempre consciente, siempre. Por eso puedo contar todo lo que viví”, enfatiza y se adelanta a descartar la idea de que la medicación haya afectado los sentidos o alterado su percepción.

“No tenía posibilidades de moverme en la cama, pero no daba descanso a mis ojos que todo el tiempo estaban atentos, a veces recorriendo una y otra vez el paisaje de la sala y en otras ocasiones se detenían a observar, en detalle, algo en particular al tiempo que agudizaba el oído como para no perderme de nada de lo que pasaba a mi alrededor. Había algunas otras personas en la misma habitación que, por lo que veía y escuchaba, no estaban muy bien. Bueno… quizás yo tampoco tenía un estado muy alentador, pero como estaba plenamente consciente y pronto sentí mejoría de alguna manera me compadecía de los otros”, confiesa. 

Sucedió una noche, cuando en la habitación reinaba la calma. Blanca no podía o no quería dormir y entonces se entretenía mirando, buscando con la mirada, y sorprendiéndose con cada pequeño gran descubrimiento. En eso estaba, recorriendo la sala tenuemente iluminada, cuando sus ojos dieron con una ventana, la misma que vio muchas veces, que en ese caso le ofreció un panorama muy particular porque “detrás del vidrio había alguien”. 

Describe ese “alguien” como “un hombre mayor, de barba larga, con un hábito o algo así y que tenía los brazos cruzados a la altura del pecho. Lo vi claramente, esa persona estaba ahí y me miraba”. Buscó en su memoria las imágenes previas del lugar, advirtiendo que “del otro lado estaba la nada. No había una sala o un pasillo, nada. Además, entiendo que esa ventana está a una altura considerable, claramente no está a pocos centímetros del piso; entones, ¿cómo podría ese tipo estar ahí?, ¿cómo se mantenía paradito en el vacío?”. Las preguntas brotaban, se multiplicaban. La situación en sí misma y el deseo de entender no la condujeron a un estado de intranquilidad, todo lo contrario. “Estaba muy bien, en paz, pero curiosa”, reconoce. Como “en ese momento no tenía acompañante” quedó sin la posibilidad de contrastar su percepción con la de otra persona, asegura que le hubiese gustado tener alguien a su lado “para saber si veía lo mismo”. “Él me miraba a los ojos, profundamente, yo intentaba sostener la mirada, pero en determinados momentos sentía la necesidad de correr mis ojos y movía la cabeza hacía un lado u otro y me daba cuenta que hacía lo mismo, giraba la cabeza en el mismo sentido. Siempre manteniendo aquella postura, sin cambiar la posición del cuerpo en general ni la de las manos, sólo movía la cabeza”. Este dato evidencia que aquel “encuentro” se mantuvo por un lapso considerable que Blanca estima “en unos minutos, quizás… Fue un ratito, no sé cuánto, pero tengo claro que se alternaron momentos en los que las miradas se enfrentaban con otros en los que yo miraba para alguno de los costados y él lo hacía también. No sé en qué momento apareció, porque está claro que apareció de la nada y así mismo se fue”. 

Cuando concluyó la experiencia la invadió una “sensación extraña”, de ninguna manera sintió temor o inquietud, pero sí la invadió “una gran curiosidad”. El sueño la encontró “dándole vueltas en la cabeza a lo que había visto”. 

 A la mañana siguiente, y como sucedió cada día de aquella internación y también de las otras, Liliana, su hija, la misma que la condujo en procura de asistencia, llegó temprano para asumir el cuidado. En un contexto favorable, de notoria mejoría, la paciente y su filial compañía desarrollaron la charla de rutina, se sucedieron las preguntas y las respuestas propias del reencuentro, del inicio de cada día. Blanca atendía con diligencia las interrogantes, estaba atenta a ese intercambio, pero no trascendía el impacto provocado por “el hombre que había visto detrás de la ventana” y, en realidad, su pensamiento más profundo seguía “dándole vueltas a ese asunto”. «La verdad es que no paraba de pensar en eso y me preguntaba si debía contárselo o no a mi hija. No quería que pensara que estaba quedando loca o algo así. Quizás podría creer que los medicamentos me estaban afectando y en realidad pasaba todo lo contrario, me sentía cada vez mejor. Así que me costó tomar la decisión, pasó un rato largo antes de que le dijera “no sabés qué me pasó anoche…”». Encontró la receptividad que necesitaba para relatar el episodio al detalle; de hecho, Liliana ayudó con sus preguntas, “claramente se interesó, me escuchó, insistió mucho en que le contara sobre el aspecto físico del visitante. En resumen, creyó en lo que le estaba diciendo. También es cierto que la notaba muy sorprendida y veía que no dejaba de mirar hacia la pared que estaba detrás de mí”. Cuando se agotó el relato y no aparecieron más interrogantes, hubo un momentito de profundo silencio. Una pausa notoriamente necesitada por ambas para reflexionar sobre la conversación, como para procesar la información y llegar a internalizarla. Fue Liliana la que rompió el mutismo con la inquietante confirmación. «Muy emocionada dijo, “¡mamá viste al Padre Pío!”. 

La verdad que no conocía a ese santo, en realidad siempre escuchaba hablar suyo, pero no tenía presente su imagen, no era devota, era católica, pero tenía una fe bastante relativa. Sabía que mi hija sí le rezaba, que iba muy seguido a la gruta de La Aurora, pero por mi parte, nada. Sin dejar de mirarme, parada a mi derecha, Liliana estiró el brazo hacia la cabecera de la cama y sacó una estampita que había colocado en algún momento que nunca percibí. Entonces me lo presentó, “es él”. Y sí, era él a quien había visto la noche anterior, no tenía la más mínima duda, jamás voy a olvidar ese rostro, jamás lo confundiría. Era él, con ese hábito, en la misma postura, con sus brazos cruzados a la altura del pecho, era él», detalla Blanca que fija en aquella experiencia el inicio de su devoción por el santo de los estigmas. 

 “Creo que aquella manifestación fue decisiva en mi recuperación porque enseguida estaba en condiciones de recibir el alta médico”, agrega y describe su gratitud por la compañía de tan contundente intercesor. “Vi al Padre Pío, lo vi y de eso no tengo dudas. Por supuesto que lo cuento cuantas veces puedo, siempre que tengo oportunidad, sin que me importe si alguien cree que estoy loca. Tengo clarísimo lo que viví aquella noche, nadie me lo puede negar, y quiero que otra gente experimente eso tan lindo que me pasó. Que busquen al Padre Pío porque realmente tiene una capacidad enorme de interceder ante Dios, de ayudar, de hacer el bien”, sentencia.



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