La acción de Dios cuando para la medicina “no había nada que hacer”

 

En 1995, Ramón, el papá de Juan Antonio tenía 64 años; era, en general, un hombre sano, que intentaba disfrutar de la etapa de jubilado. Como tantos otros, acudía asiduamente al boliche del barrio buscando parroquianos para conversar un rato, quizás jugar algún truco y matizar el encuentro con un copetín. Así pasaban sus jornadas, sin mayores sobresaltos. Pero un día, que no parecía tener nada de extraordinario, “cuando salió de ahí se cayó en la vereda, pegó fuerte, se lastimó mucho, estaba mal”. Rápidamente fue ingresado a un centro de salud y poco después la familia recibió el diagnóstico: “le encontraron un coágulo en la cabeza que no era operable porque estaba en una zona muy complicada del cerebro. Los médicos nos dijeron clarito que no iban a tocarlo porque temían perjudicarlo más”, relata Juan.

El hombre no podía hablar, en general estaba inconsciente, no controlaba sus necesidades fisiológicas, sólo movía una pierna, pero con ayuda, sus pies estaban muy hinchados; la situación era verdaderamente dramática y desde la perspectiva de la medicina “no había nada que hacer”. Después de una serie de estudios “pasó a una casa de salud; tuvimos que llevarlo para que tuviera un cuidado que en ese momento nosotros no le podíamos dar”, recuerda el hijo.

Así transcurrían los meses, “y papá seguía igual o peor”. Entonces Juan sintió que debía recurrir a Padre Pío. Decidió llevar a su progenitor hasta la gruta de La Aurora, aun siendo consciente de la escasísima movilidad del enfermo y lo complejo que resultaría recorrer esos casi 300 metros que separan el portón del predio hasta el santuario.

Un domingo gris, de cielo amenazante, concretaron el viaje. Fueron Juan, Olga, Ramón y Elena, hermana del enfermo. “El objetivo fundamental era ir a la gruta” pero, “para que el viaje fuera redondo”, acordaron que después de visitar el santuario llegarían hasta Salto, a la casa de la madre de Ramón y Elena. “Mi abuela estaba muy viejita y hacía mucho que no veía a mi padre que siempre fue como su hijo más cercano, más mimoso. Sabíamos que para ella no sería fácil verlo así, pero creíamos que quizás ese encuentro lo podría ayudar, así que la fuimos preparando para ese día”, detalla.

A medida que marchaban hacia el norte el gris se hizo cada vez más oscuro. Temían que la lluvia, que parecía inminente, los encontrara en la gruta, al aire libre, con un hombre muy enfermo cuya salud podría empeorar a causa de una mojadura. Modificaron el plan inicial, siguieron hasta Salto y esperaron mejores condiciones climáticas que, en realidad, nunca aparecieron. Para cuando promediaba la tarde ya habían descartado la visita a la ermita y se disponían a regresar hasta Paysandú con una evidente mezcla de sentimientos; valoraban aquel encuentro familiar pero no llegarían hasta La Aurora, y si bien tenían posibilidades de regresar en breve les pesaba mucho cada día que pasaba en aquellas condiciones.

Juan bajó en una panadería que estaba frente a la rotonda de Termas de Daymán “a comprar algo para el viaje”. «La señora que atendía me dijo: “Usted no es de acá, ¿de dónde es?” Le conté nuestra procedencia, qué andábamos haciendo y le dije que nos íbamos un poco tristes por no cumplir con nuestro propósito. Pero la mujer me dijo con una convicción tremenda que no dejáramos de ir, que si traíamos un enfermo para el Padre Pío fuésemos tranquilos porque ella sabía perfectamente que el santo no deja que llueva mientras los enfermos están en el santuario; que si tenía que llover sería después de que saliéramos de ahí». Aquellas palabras que brotaban con una fuerza inusitada de un corazón deseoso de hacer el bien, compadecido con el dolor ajeno, que evidenciaban y contagiaban fe, hicieron que los Rodríguez cambiaran de opinión y marcharan a la gruta.

“El Padre Pío puso a esa señora en nuestro camino, no tengo dudas. Teníamos que ir sí o sí”, dice Juan y cuenta que algunas semanas después regresó en busca de aquella comerciante para agradecer el consejo, pero el local había cerrado y no consiguió referencia alguna sobre ella.

Cuando llegaron a la gruta el cielo aparecía especialmente amenazante y la distancia que se debe recorrer para llegar al santuario un desafío de proporción. El enfermo “era un hombre grande, corpulento, que no se sostenía por sí mismo, no tenía equilibrio y apenas si arrastraba los pies”, recuerda Olga. Tomó a su suegro de un brazo y Juan lo sujetó del otro “mientras la tía iba con una silla plegable, porque hacíamos tres o cuatro pasos y lo sentábamos para que descansara”.

«Iba diciendo: “¡fuerza papá!, ¡ya falta poco!, ¡vas a ver que esto te va a hacer muy bien!, mientras le contaba alguna cosa sobre la vida del Padre Pío pero creo que mi pobre viejo no entendía nada”, dice el hombre entre lágrimas mientras su mirada se pierde, reviviendo aquella manifestación de fe. No tienen idea cuánto tiempo les demandó transitar el camino, pero reconocen que en más de una ocasión sintieron que era interminable, mientras que la inestabilidad del clima los tensionaba especialmente.

“Cuando por fin pudimos llegar, paramos a papá junto a la reja, bien frente a la imagen del Padre Pío y le pedí que, por favor, lo curara. En ese momento todavía no estaba canonizado, pero sí estaba abierta la causa para su beatificación así que le prometí que cuando curara a mi viejo iba a mandar mi testimonio de fe para que ayudara en ese proceso, porque decían que cuantos más testimonios se reunieran era mejor”.

Después de un rato de oración consideraron que era el momento de volver. El cielo “estaba que daba miedo, pero no llovía”. Repetirían la tarea: hijo y nuera tomando al hombre de sus brazos para impulsarlo y controlar que no pierda el equilibrio; la tía asistiendo desde cerquita, arrimando la plegable que resultó un bálsamo para todos.

«Habremos hecho unos 15 metros desde la gruta para el lado del portón y digo: “podríamos levantar unas piedritas para que lo ayuden a papá con la energía de este lugar”. Me llamó la atención que cuando escuchó eso como que atinó a detenerse y miró al suelo, como pensando. Marchamos unos 20 metros más y ahí sí, paró, se agachó solo y dijo: “voy a llevar una piedrita para que me cure”. ¡No podíamos creer, si un rato antes el hombre no hablaba! Es cierto que dijo esas palabras con dificultad, pero él no hablaba”, recuerda este hijo lleno de gratitud por lo que considera “un milagro que prácticamente se produjo en el mismo momento que lo pedimos”. A medida que se acercaban a la salida percibían que el enfermo “iba tomando otra postura, como que demostraba una fuerza que hasta ese momento no tenía, nos parecía que ya no arrastraba tanto los pies y la verdad que lo mirábamos y nos mirábamos y no podíamos creer aquello”.

La atención de los peregrinos estaba centrada en aquellas reacciones, ahora la distancia y el cielo encapotado pasaban desapercibidos. Pero cuando se sentaron en el auto y comenzaron a sentir los golpes de las gotas en la chapa no pudieron menos que emocionarse otra vez y dar gracias a Dios.

Cuando aquella muy lluviosa tardecita de domingo Ramón reingresó al centro de cuidados mostraba mejoras muy notorias que sus familiares valoraron como “increíbles” y que, sin dudas, atribuyeron a la intercesión de Pío. Pocas horas después, el lunes, minutos antes de las 8:30, Juan volvió en busca de su padre para acompañarlo a la sesión de fisioterapia, como todos los lunes, miércoles y viernes. La funcionaria a cargo lo recibió con un: “tengo una sorpresa para vos” que lo hizo temer por una nueva descompensación o, en el mejor de los casos, “que, como siempre pasaba, se había hecho en la ropa y tenía que esperarlo un poquito”. Pero cuando la trabajadora lo invitó a pasar vio a su padre “caminando entre las plantas, en el jardín. La verdad que no podía creer, esa era la sorpresa”. La mujer le contó que desde el regreso del paseo del día anterior notaron “que prácticamente estaba normal”; es cierto que sus pasos no eran totalmente solventes y su hablar tampoco, pero, considerando que pocas horas antes “ni siquiera controlaba la saliva”, era evidente que se había producido una mejora sustancial. El mismo Ramón había atribuido su mejora a Pío, así lo confirmó la persona encargada de su cuidado. La señora relató que “cuando volvió del viaje puso unas piedritas que traía en el bolsillo sobre la repisita que estaba arriba de la estufa y dijo que el Pío lo iba a curar; les decía a todos que el Pío lo iba a sanar”. Ella escuchó sin entender pero respetó la manifestación de su paciente, Juan la enteró de cómo se gestó el milagro.

Según el diagnóstico médico el hombre no tendría mejoras “y sólo nos quedaba cuidarlo hasta que el corazón le dejara de funcionar. Ellos dijeron que iba a terminar como un vegetal”, relatan Olga y Juan que no ocultan su emoción y gratitud al reconocerse beneficiados por la intervención del Padre Pío. Contrastan aquellos anuncios con las situaciones que vivieron en los días sucesivos al viaje a la gruta. “Papá empezó a decirme que no sabía qué hacía encerrado en ese hogar, que las mujeres no lo dejaban salir a ningún lado, que estaba muy aburrido y no aguantaba más. Yo lo quería convencer de que nos diera un tiempito más como para organizarnos y poder atenderlo mejor pero no hubo forma”, detalla.

Finalmente, a los cuatro días de la visita a La Aurora don Ramón consiguió volver a casa. Los médicos certificaron la recuperación pero nunca supieron cómo sucedió, y aparentemente tampoco se lo preguntaron; “sólo le dieron un medicamento para la sangre y nada más”.

El hombre recuperó su rutina con una celeridad sorprendente, “no parecía que fuera el mismo que se hacía en la ropa, se babeaba, que no podía hablar, que no se acordaba de nada ni de nadie”; no había rastros de aquel gravísimo problema neurológico.

Lamentablemente el hombre falleció casi un año después de aquella situación afectado por una congestión pulmonar.

Estatua de la gruta del Padre Pío, en La Aurora.


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