“Me dijo que lo puedo encontrar en todas partes”
“Te quedan tres meses de vida”, le dijeron a Alfredo. ¿La causa?, un cáncer tremendamente invasivo que se conoce como “de papila” o “de papila de Vater”. Son tumores, denominados ampulomas, que se originan sobre cualquiera de los tres epitelios, duodenal, pancreático y biliar, que delimitan la papila. Tienen la particularidad de que su sintomatología es inespecífica y no siempre resulta evidente. Según las posibilidades del paciente y las características de la afectación, se aplica tratamiento endoscópico o
quirúrgico.
El diagnóstico explicó un duro y extenso padecimiento que se manifestaba, por ejemplo, en la imposibilidad de ingerir alimentos sólidos, extremo que tuvo una solución parcial después de una endoscopia.
La dramática novedad, asumida los primeros días de octubre de 2021, no provocó que el hombre por naturaleza optimista y jovial cambiara su forma de vincularse con la vida y con los demás; es que cuenta que jamás pensó que se iba a morir, vivió todo aquello como una prueba, como una experiencia, nada más. «Para ese entonces ya había sufrido la muerte de un hijo de sólo 21 años, una operación en la cabeza, varios accidentes. En un momento todo eso me hizo dudar de la existencia de Dios hasta que a fuerza de dolor fui aprendiendo que está con nosotros, presente todo el tiempo y en todo y que todo lo que nos sucede tiene un sentido, pasa por algo. Así que pensé: “si me toca, me toca y punto. Voy a seguir disfrutando de la familia, los amigos, lo que conseguí. Tengo que estar bien, voy a estar bien”, y así encaré todo ese proceso», describe y asegura que se interesaba por hacer evidente su decisión. “Mientras estaba internado pasaba todo el tiempo riendo y bromeando, a veces haciendo algo de humor negro. Algunos compañeros de sala, enfermeros y doctores me preguntaban si era consciente de lo que tenía, se ve que me veían como irresponsable o vaya a saber qué. Siempre les respondía lo mismo, que tenía plena fe, que lo que Dios decida está bien y así los dejaba”, recuerda quien no ahorra palabras de reconocimiento a la familia que lo acompañó siempre, evitándole momentos de soledad que podrían haber sido complejos. Ahora asume que esa postura y la asistencia espiritual fueron determinantes.
Después de varias semanas de internación en su ciudad, Paysandú, fue derivado a Montevideo con el propósito de prepararlo para la única alternativa concreta ante un mal que no paraba de avanzar: una intervención quirúrgica de riesgo extremo. Era el segundo registro del mal a nivel nacional y la primera persona en someterse a la operación. El médico responsable de la acción le hizo notar la seriedad del asunto, pero él siempre mantuvo su optimismo. Ante las advertencias más enfáticas respondía, “¿qué es lo peor que me puede pasar doctor?”. De hecho, esa vez hubo en el quirófano una considerable cantidad de médicos, entre ellos algo más de una decena de estudiantes que terminaba la carrera. Llegado el momento de la cirugía Alfredo se encomendó con estas palabras, “Señor, cuida las manos de estas personas que me van a operar” e inmediatamente cedió al efecto de la anestesia.
La intervención implicó “el retiro de parte del páncreas, 20% de estómago, 10 centímetros de duodeno, la vesícula y la recuperación de 12 arterias”. De la sala de operaciones pasó al CTI donde permaneció durante una semana en un estado muy comprometido, especialmente en el transcurso de cuatro de esos días.
En aquella situación y en sueños, una noche percibió en la cabecera de su cama, sobre el lateral izquierdo, la presencia de un hombre que le mostró “el lugar del dolor y el sufrimiento. Cuando eso empezó estaba dormido, pero inmediatamente me desperté conmovido con aquellas imágenes. Lo raro es que aun despierto seguía viendo lo mismo. Era como si en una pantalla me pasaran las imágenes de lo que, creo, es el infierno”. La visión debió durar algunos minutos, si es que una experiencia de ese tipo puede ser abordada con un parámetro tan terrenal como ese. Lo cierto es que Alfredo “recorrió” un “sitio espantoso, horrible, peor que cualquier película de terror, donde veía gente sufriendo de una manera desgarradora, dolor por todos lados, mucho dolor”. También vio algunos espacios que forman parte de la dimensión material, conocidos por todos, pero que le fueron presentados desde otra perspectiva, distinta a la que tenemos comúnmente. La experiencia terminó cuando se retiró el desconocido, que no emitió palabras ni se comunicó telepáticamente.
Profundamente consternado, aturdido, asustado, insinuó algún comentario a médicos y enfermeros haciendo referencia a ciertas pesadillas. Les habló de su deseo de recibir alguna droga para evitarlas, pero obtuvo la respuesta unánime de que no debería preocuparse dado que ese tipo de experiencias son esperables como consecuencia de la anestesia.
Alfredo había registrado claramente la imagen del hombre que apareció misteriosamente para llevarlo a tan tenebroso paseo, pero no conocía su identidad, no sabía quién era. Algunas noches después volvió aquel personaje, otra vez de manera sorpresiva, ahora para entregar un mensaje que el receptor asume fue oral, que escuchó con los oídos físicos. “Me dijo que no lo fuera a buscar en una iglesia puntual porque lo puedo encontrar en todas partes, en todas las iglesias. Dijo eso y se fue, desapareció”. En el transcurso de la convalecencia “se me apareció en sueños dos o tres veces más” y en todos los casos dejó mensajes cuyos contenidos prefiere reservar en tanto tienen que ver con asuntos particulares. Sí comparte que entre esas manifestaciones recibió la confirmación de que superaría el comprometido estado de salud.
Fue gracias a su señora que logró identificar esa presencia espiritual. «Ella aprendió algunas venceduras de parte de una persona mayor de la familia y siempre estuvo a la orden para dar una mano con eso. En algún momento también encomendó sus oraciones al Padre Pío, yo lo sabía, pero la verdad es que nunca presté mucha atención. Después que pasó lo de la operación y tuve esas experiencias un día me dijo, “¿sabés quién te curó? Fue el Padre Pío”.
Cuando vi las imágenes que ella tenía me di cuenta que sí, había estado viendo al Padre Pío», asume.
Volvió a su casa en la nochecita del 24 de diciembre de 2021 “pesando 50 kilos, había perdido 30, y apenas si podía caminar”. Lo primero que hizo fue juntar a los suyos “debajo de un limonero grande que tenemos en el frente” para comunicar que había prometido al santo construir “una estatua” en su honor y que estará ubicada en ese privilegiado sitio de la casa. Desde entonces ha explorado distintas alternativas para dar forma a esa imagen la que finalmente presenta un buen nivel de avance. Se trata de un trabajo consciente, “sin apuros, va a salir en el momento que sea, pero lo voy a hacer, no tengo duda”. Ese espacio estará disponible para que más hermanos se sientan atraídos a buscar tan amoroso intercesor.
La tarea de Alfredo no se limita al cumplimiento de esa obra, “todo el tiempo hablo de Dios, de mi Señor, agradezco la vida, todo lo que me ha dado, y hablo del Padre Pío. Cuento qué me pasó, recomiendo que se encomienden a él, hablo de lo efectivo que es. Alguno dirá que estoy loco, pero no me importa, sé lo que vi y lo que viví, tengo claro las bendiciones recibidas, entonces ¿cómo no compartir?, ¿cómo no desear el bien para los demás?”.
En varias oportunidades el relato es ahogado por el llanto, el hombre llora sin pudor, libre, agradece y disfruta la sensibilidad que genera el Padre Pío.
“Me sigue pasando, me sigo emocionando y ojalá me pase siempre. Yo no tengo nada especial, no soy perfecto ni nadie lo es, pero no soy indiferente al amor tan grande de Dios que nos acepta tal cual somos y se sirve de seres tan especiales como el Pío para mostrarnos cosas de la vida, para enseñarnos, para que tengamos claro que todo lo que nos pasa tiene un sentido, una finalidad y que ese plan es perfecto”, concluye quien hace poco menos de tres años, según la medicina, tenía los días contados.

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