“Me dijo que no me preocupara, que iba a estar bien”

 

María Cristina es devota del Padre Pío “desde siempre”. Esto es, hace ya varias décadas, desde que asistía a un colegio católico cuyas responsables favorecían el conocimiento del capuchino difundiendo entre las alumnas libros y revistas que dan cuenta de esa vida santa. Los dones que despertaron aquella temprana admiración en la pequeña niña sanducera se han manifestado, siempre según la voluntad de Dios, a lo largo de una existencia caracterizada por la adhesión ferviente. El transcurrir no ha hecho más que profundizar el vínculo de fe que se muestra inspirador ante propios y ajenos. Es que durante todos estos años María Cristina ha dado testimonio de su religiosidad, intentando motivar a los hermanos que la vida pone en su camino para que se den la oportunidad de experimentar la bendición de aquella compañía. Esa promoción se cumple desde el amor, el respeto y la tolerancia, esto implica asumir que cada cual debe elegir de qué manera recorrerá el camino de la vida.

Para María Cristina el Padre Pío es el puente que la une a Dios, su presencia da paz, es impulso para vivir con fe, desde la fe; su corazón reconoce que jamás está sola y que sus plegarias siempre son escuchadas. Entiende que esa profunda conexión espiritual ha favorecido algunas manifestaciones que se transforman en íconos de su experiencia.

Junto a su esposo desarrollaban una actividad comercial que aseguraba los ingresos suficientes para que la familia tuviera “una buena vida”, incluyendo colegio privado e instituto de inglés para las hijas, las mellizas. Todo iba bien hasta que sucedieron un par de episodios que desestabilizaron la familia tanto en aspectos emocionales como materiales.

Cristina perdió un embarazo por causas que nunca tuvo claras, mientras era asistida en un centro hospitalario. Poco tiempo después el propietario del edificio en el que funcionaba el emprendimiento y donde residía la familia dispuso otro destino para al inmueble. Al dolor por la pérdida de un hijo se sumó la angustia por encontrarse, sorpresivamente, sin techo y sin trabajo.

Así, cuando las pequeñas tenían ocho años, la familia “anduvo de casa en casa”, siempre en la ciudad de Paysandú, condicionados por la disponibilidad de recursos para enfrentar el alquiler.

Había pasado un par de años y quien nunca dejó de pedir ayuda al Padre Pío, no dudo en invertir algunos de los siempre escasos pesos para que la familia se sumara a una excursión hasta La Aurora. Llevaba un pedido concreto, “quería tener mi casa, no importaba dónde ni cuándo. Le dije que él decidiera el lugar y el momento en el que debía llegarme, que yo confiaba plenamente. Y así fue, para cuando las mellizas iban a cumplir los 15 años estábamos instalados en la casa propia”, relata Cristina que reconoce aquel logro como un milagro. Ocurre que resultaba muy difícil generar recursos como para sustentar las necesidades cotidianas y además ahorrar pensando en un negocio inmobiliario. De hecho, durante mucho tiempo una parte de los ingresos provenían de la venta de empanadas y pasteles que elaboraba la mamá y que vendían sus dos niñas. Laura, una de las mellizas, recuerda, «preparaba lo que había hecho para que nosotras saliéramos a vender en una canastita amarilla y siempre, en algún lugarcito, escondidita en la canasta, ponía una estampita del Padre Pío para que nos cuidara. Como a ninguna de las dos nos gustaba volver con cosas sin vender, andábamos hasta que la canasta quedara vacía. Por eso algunas veces demorábamos un poco y llegábamos a la tardecita, cuando empezaba a oscurecer. Papá preocupado decía “¡qué barbaridad que las nenas sigan vendiendo a estas horas!”. Pero mamá siempre respondía que estábamos muy bien cuidadas, que se quedara tranquilo porque íbamos muy bien acompañadas. La verdad que en aquel momento no entendía de qué hablaba».

“En la época de la pandemia” la devota tuvo otra experiencia “muy fuerte, muy importante”. Afectada por covid ingresó con un cuadro de gravedad que se profundizó en la internación. Incluso los médicos deslizaron la posibilidad del desenlace fatal en tanto el cuerpo no respondía a las medidas aplicadas para múltiples deficiencias. El corazón funcionaba de manera insuficiente, el sistema respiratorio parecía colapsado y los niveles de azúcar en sangre eran elevadísimos y no retrocedían.

Consciente de aquel cuadro, aislada, Cristina se reconoció “asustada” y recurrió una vez más a su santo. Lo hizo como siempre, lo hizo como nunca. Con todas sus fuerzas, con toda su fe. Pidió que se cumpliera la voluntad de Dios, pero no ocultó el deseo de seguir acompañando a la familia y, en especial, “de ver crecer felices a todos los nietos”.

La respuesta fue inmediata. Al tiempo que experimentó una paz indescriptible sintió como la envolvía un muy fuerte y bellísimo olor semejante al de las rosas. Era la expresión del llamado aroma a santidad. Y casi que de manera simultánea vio al Padre Pío.

Allí estaba, “indudablemente era él, ¿cómo confundirlo?”, con su hábito capuchino, su mirada profunda, la barba espesa y canosa, de mediana edad. Sin perder el estado de paz. pero ganada por una profundísima emoción, vivió aquel encuentro “bien despierta”, según destaca una y otra vez. Aquello le pareció una manifestación física, en tercera dimensión, “él estaba ahí, aunque no sé de dónde salió” y agrega, como otra referencia significativa, que sintió un calor agobiante cuando Pío tocó su mano. “Me habló”, dice Cristina convencida de que hubo una expresión oral y no comunicación de tipo telepática. El mensaje fue, «”no te preocupes, vas a estar bien, vas a mejorar enseguida”. Me miró un momentito y así como había aparecido se esfumó. En el momento que dejé de verlo también desapareció el aroma».

En lo que para la medicina se transforma en un hecho de difícil explicación, quien al promediar la mañana tenía la vida muy comprometida unas cuantas horas después estaba en condiciones de recibir el alta. Y así fue, en el transcurso del día siguiente volvió a su casa. Cristina convive con la diabetes, ahora debe inyectarse los ojos cotidianamente como única alternativa para no perder la visión. Pero otra vez y como siempre, firme en su convicción, asiste “sin miedos” a las aplicaciones, consciente de la presencia del Padre Pío “que ya me dijo que todavía tengo mucho para ver, voy a poder seguir disfrutando de la vida, de la familia, de mis nietos”, concluye contundente.



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