"Me invadió un perfume que me llenó el alma"
Varias veces escuché esta historia relatada por Martín, uno de sus protagonistas, y en cada una de esas oportunidades la narración fue desarrollada con la misma contagiante emoción, con el cuidado de no omitir detalle, evidenciando lo vívido del recuerdo; como asumiendo que la rememoración consciente es, también, una forma de oración, de elevación, de encuentro con Dios así como una preciosa oportunidad para agradecer.
Aquel fue un día complicado, de esos en lo que parece que
nada sale o que nada sale bien. Una jornada de esas en las que el conflicto
parece inminente. “Como que había una energía rara en el entorno que hacía que
todo fuera más difícil, más pesado. Advertí eso, me llamó mucho la atención,
pero bueno, seguimos; tampoco había chance de dejar de hacer las cosas de todos
los días. Había que atender a los gurises y hacer que cumplan con sus cosas,
teníamos que trabajar, cumplir con lo cotidiano; lo que le pasa a todo el
mundo…”, recuerda el hombre.
Así que el transcurso de aquel día resultó “bastante
agotador”, especialmente para mamá y papá, Laura y Martín. Ese natural
cansancio se manifestó especialmente cuando a la tardecita la familia volvió a
reunirse y se activó la rutina propia del cierre del día. Esto implica, entre
otras tareas, hacer que los niños se duchen, ayudarlos con las tareas de la
escuela mientras se resuelve cuál es el menú más práctico, de elaboración más
rápida, para la cena. Acciones que, en general, se realizan en forma paralela, superpuesta,
buscando optimizar el uso del tiempo a riesgo de que la atención no acompañe la
multiplicidad desplegada.
“En eso andábamos. Mi señora que estaba duchando a nuestra
hija más pequeña me pidió que le alcanzara algo, no recuerdo qué. Entonces me
desplacé por la casa y cuando pasé por debajo de un arco que separa dos áreas
de la vivienda me invadió un perfume fortísimo, totalmente desconocido para mí.
Era algo impresionante, bellísimo, único, que me llenó el alma”, detalla Martín
con emoción. El impacto provocado por la manifestación lo motivó a pasar una y
otra vez por el sitio, a riesgo de atrasar un poco la concreción del mandado, y
confirmando que esa percepción estaba estrictamente vinculada a la arcada,
“sólo se sentía ahí, si te movías un pasito para un lado o para otro ya no se
notaba”. “Sorprendido, de alguna forma como shockeado, llamé a mi señora, le
conté qué pasaba y le pedí que lo confirmara…y lo confirmó. Ella también sintió
esa fragancia” y corroboró el detalle del punto exacto en el que el perfume se
hacía perceptible.
El particular aroma, cuya descripción exacta parece un
desafío insalvable, era semejante al de las rosas o quizás una mezcla de rosas
con jazmines o alguna otra flor. Esta particularidad les dio la pista. «Nos
miramos, los dos notoriamente movilizados, y nos dijimos mutuamente, “¡Es el
Padre Pío!, ¡Es el perfume del Padre Pío”!». La familia conocía la vida, la
obra y las características de las manifestaciones del capuchino de Pietrelcina,
entonces la experiencia resultó fácilmente explicable. “Inmediatamente supimos
de qué se trataba, cuando nos paramos ahí con Laura nos miramos fijamente y de
alguna manera nos hicimos saber que éramos conscientes de lo que estaba
pasando, nunca tuvimos dudas, era una manifestación del Padre Pío”, sentencia
Martín.
La conclusión se sustentó en la información previa pero también en la certeza propia de la experiencia íntima, profunda, que conduce a la convicción plena, que no deja margen para las dudas, que desactiva las pretensiones racionales y que exime de la necesidad de verbalizar, de definir la experiencia con palabras, porque, al fin y al cabo, sólo se trata de sentir.
La manifestación los acompañó “durante unos cuantos minutos hasta que, misteriosamente, así como había aparecido, la fragancia desapareció”, explica.
Ese mimo al alma, que llegó en tan oportuno momento, fue la amorosa confirmación de una presencia que es permanente, de una superior compañía incondicional, de la tarea de un ser que había anunciado que haría “más ruido muerto que vivo” y que para la familia de Laura y Martín es una referencia fundamental, un camino de conexión con Dios, de elevación, pero también de inspiración para asumir desde la fe y el amor la experiencia cotidiana.

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