“Rezaba y sentía el perfume”
Leticia aprendió la devoción al Padre Pío de su mamá, aunque no tiene claro cómo fue que su familia conoció la historia del sacerdote de los estigmas.
El vínculo surgió hace unas cuantas décadas, incluso bastante antes de que la Iglesia integrara al oriundo de Pietrelcina a la lista de sus santos. Cuando se recibió como maestra, hace casi 50 años, su madre le obsequió una cadena con una medalla del santo “y desde ese día no me la he sacado más, salvo en casos muy especiales”.
De hecho, la mano del fraile apareció varias veces para regresar el preciado objeto que parecía perdido. Considera que la resolución favorable de esos casos sólo fue posible gracias a una intervención extraordinaria.
Esta devota ferviente, residente en la zona de Gallinal (Paysandú – Uruguay), y que
vive con intensidad su compromiso con la difusión de la obra del franciscano, ha recibido la bendición de la percepción del llamado aroma a santidad.
Sucedió varias veces cuando pedía por su hija que debía rendir exámenes. “Yo rezaba y sentía el perfume que salía de la estatuita que tengo en la mesa de luz, entonces la llamaba y le decía que se quedara tranquila. Salvaría, porque el Padre Pío se había manifestado”.

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