"Sucedió hace unos tres años”, una tórrida tarde de enero. Beatriz y su hijo mayor viajaron desde Montevideo, su lugar de residencia, hacia la ciudad de Salto. Él tenía que cumplir con unos compromisos laborales y ella, amorosamente, aceptó la invitación para acompañar. «Cuando me preguntó si quería ir a Salto, yo ya estaba pronta.
Le dije, “¿a qué hora salimos? Por supuesto que sí, quiero ir”, recuerda la mamá que aprovechaba aquellas oportunidades para visitar la gruta del Padre Pío en la Estancia La Aurora. Beatriz es devota del santo de los estigmas desde hace mucho tiempo; su vínculo de fe se fortalece a partir de la certeza plena de esa bendita compañía.
Como otras veces, tomó el servicio de ómnibus que une la ciudad de Salto con Temas del Daymán, allí se bajó “en la última parada, de ahí subí a la ruta y salí caminando hacia la gruta”, detalla sobre la forma de llegar hasta la ermita. Hay unos diez kilómetros entre la capital departamental y el centro turístico y algo más de cinco entre ese lugar y La Aurora.
«Mi hijo me había dicho que no le faltaba mucho para terminar el trabajo, que cuando se desocupara me llamaría e iría a buscarme donde estuviera. Cuando me llamó ya volvía de la gruta, había caminado como un kilómetro de regreso. Me pidió que lo esperara ahí, así que me senté en la cuneta a descansar un poco, hacía un calor terrible.
Cuando me encontró le dije, “¿vamos a conocer al Padre Pío?”. Me quedó mirando por unos segundos, me miraba y no decía nada y yo tampoco. Hasta que después de un silencio sepulcral, que pareció eterno, me dice, “bueno, ya que estamos acá, vamos a conocer al Padre Pío”.
Daniel recibió formación católica, tanto en su casa como en los centros educativos a los que asistió, “creció teniendo a Dios como meta y como guía, porque toda nuestra familia es así”, asevera su mamá. Pero, por diferentes razones se fue colocando en un lugar de cierto escepticismo. Hasta ese momento “no sabía de qué se trataba la gruta”, al tiempo que sólo tenía algunas referencias vagas, mínimas, sobre el capuchino de Pietrelcina.
«Cuando llegamos al molinete de la entrada del campo de la gruta me dijo, “no puedo creer que hayas caminado todo esto”. Respondí que sí, que lo hago siempre porque sé que Padre Pío me va a ayudar a llegar», recuerda Beatriz y agrega que a poco de andar por el sendero que lleva a la gruta experimentaron una manifestación especial.
«Habremos caminado diez pasos cuando de repente nos envolvió el aroma a rosas. Mi hijo quedó duro, como congelado. Era una fragancia hermosa, tremenda, que nos abrazó a los dos. Me miró y preguntó “¿y eso?”. Ese olor es una manifestación del Padre Pío que te está recibiendo, respondí», comparte quien trató, sin éxito, que su hijo dejara de buscar flores con el propósito de hallar el origen el perfume. “Acá no hay flores naturales, ésas que ves en el camino son de plástico. No busques más. Estamos solos en el campo. Es el Padre Pío que te está recibiendo, ¿querés más prueba que esto?”, inquirió la madre emocionada, que revive ese estado al recordar la experiencia. “Después de eso seguimos en silencio hasta la gruta, no dijimos ni una palabra más”, concluye.
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