Ahora Milagros es adolescente. Sus padres eligieron ese nombre, al que complementaron con el de Agustina, en evidente reconocimiento y gratitud por la bendición suprema de la vida tras un proceso particularmente complejo. Cualquier diccionario que tengamos a mano nos contará que, etimológicamente, milagro es todo aquel suceso extraordinario y maravilloso que no se puede explicar según las leyes regulares de la naturaleza y que se atribuye a la intervención de Dios o de un ser sobrenatural; un suceso extraordinario que provoca admiración o sorpresa. El nacimiento de “Mili” estuvo caracterizado por una sucesión de hechos extraordinarios y maravillosos, cuestionadores de la lógica, que sólo se pueden asumir atribuyéndolos a la acción de Dios, en este caso con la presencia del Padre Pío como intercesor.
En 2006, Noelia, la mamá de Milagros, sufrió una mala praxis que determinó la interrupción de un embarazo y provocó consecuencias de entidad. “No podía quedar embarazada; en realidad sí podía, pero los médicos le decían que no debía hacerlo porque no había posibilidades de que su cuerpo tolerara un bebé, su útero rechazaría el feto. Quizás no se formaría nada y si se formaba sólo se desarrollaría unos días”, explica Nicolás, su esposo y papá de Milagros. Básicamente, la señora presentó sensibilidad al factor Rh. Existen cuatro principales grupos sanguíneos: A, B, AB y 0. En cada uno de esos grupos existen dos tipos que, a groso modo, se establecen según los glóbulos rojos contengan o no la proteína que determina el factor Rh. La sangre que tiene esa proteína es Rh positivo y será Rh negativo en el caso contrario. Cuando la sangre Rh negativo se mezcla con la de factor Rh positivo el sistema inmunitario reacciona generando anticuerpos para destruir el otro factor. Entonces, es prácticamente imposible que un embrión Rh positivo consiga prosperar en un útero Rh negativo. Aunque también es cierto que el organismo requiere de determinado tiempo para generar anticuerpos y, ante ello, puede suceder que en el primer embarazo no se registre afectación. Sin embargo, de consumarse una nueva gestación la madre ya tendría los anticuerpos desarrollados lo que comprometería las posibilidades de la criatura, si es que porta Rh positivo. Esos anticuerpos atacan los glóbulos rojos y pueden provocar anemia, ictericia o complicaciones de mayor gravedad, lo que se denomina enfermedad hemolítica del recién nacido. En tanto el problema no genera síntomas, los análisis de sangre son la única alternativa para determinar su presencia.
En 2009, Noelia y Nicolás coincidieron en que querían tener un hijo así que recurrieron a “unos análisis de sangre” pero los resultados no fueron los esperados. “La idea era saber qué grado de compatibilidad había entre nosotros, reconociendo la situación de Noelia antes. La persona que nos atendió nos dijo que ni siquiera lo intentemos porque yo soy Rh positivo y ella ya estaba sensibilizada a ese factor; nos aclaró que no había ninguna posibilidad de que se formara algo porque su cuerpo lo rechazaría”. Esa opinión, sustentada debidamente en el conocimiento científico, provocó “un momento espantoso, una situación horrible, nos poníamos a llorar porque no teníamos opciones”, recuerda.
Lo particular del caso, que en realidad está lleno de particularidades, es que “a los pocos días confirmamos que ya estaba embarazada”. La certeza vino acompañada de “una alegría enorme, indescriptible”, consolidando un estado de ánimo diametralmente opuesto al que cargaron cuando abandonaron el laboratorio. Pero en ese paisaje de felicidad aparecían indisimulables nubes de incertidumbre: “al mismo tiempo nos preguntábamos cómo sería el embarazo, cómo pasaría Noelia, como vendría el bebé”. De todas formas, la pareja decidió “seguir adelante, con fe y muy unidos, más allá de todo lo que nos venían diciendo, de que no íbamos a poder, que era imposible”.
“Por diferentes razones nos derivaron para los controles a Montevideo. Allá nos recibieron unos médicos cubanos, de alta especialización, que nos dijeron que lo lógico sería que el vientre de Noelia no desarrollara nada, pero asumían que había un feto y que, además, crecía sin problemas”.
Cuenta que hicieron “varias punciones a la panza” y que en cada consulta recibían el mismo comentario: “vamos despacio, mes a mes, veremos hasta dónde llegamos”, para que tuvieran muy claro que, de un momento a otro, la dulce espera se podía truncar.
El embarazo se desarrolló “con total normalidad, sin que jamás se sintiera mal, sin ningún efecto secundario” mientras la criatura “no paraba de crecer”. Al sexto mes de gravidez se aplicó una punción «al cordón del bebé y encontraron algo que no podían creer. Nos dijeron: “esto no puede ser más raro”»; referían a que la sangre del feto era Rh positivo y, en condiciones normales, “ni siquiera se podría haber formado, menos, aun, mantenerse seis meses”. De todas formas, ya en ese momento los padres fueron advertidos de que inmediatamente al nacimiento se practicaría el cambio total de la sangre de la beba porque la suya carecía de suficientes glóbulos rojos, lo que comprometería sus posibilidades de sobrevivencia.
Noelia había aumentado considerablemente su peso, “ya le costaba andar, decía que no daba más”, así que la cesárea se realizó poco antes de los nueve meses de gestación. En la ciudad de Paysandú, el miércoles 9 de marzo de 2011, sobre las 8 de la mañana, nació Milagros, “primer milagro”, afirma Nicolás. Las horas posteriores fueron de particular tensión. Transcurrieron entre anuncios médicos que dudaban de la viabilidad de la vida de la niña y la incertidumbre, indignación, dolor e impotencia provocadas por las señales de un sistema de salud que condiciona la atención, y en consecuencia la vida misma, a los costos de tratamientos y medicamentos.
En medio de tanta emoción encontrada, que no permitía disfrutar de la bendición del nacimiento, el Padre Pío aportaba su luz, generaba paz y esperanza; la fe fue el refugio.
Algunas horas después el papá recibió otro anuncio impactante, que no duda en señalar como “el segundo milagro”. Finalmente, los médicos transmitieron su compromiso con el caso, enfatizando “que iban a hacer todo lo posible” e informan que “se encontraron con algo nuevo: la nena había cambiado toda su sangre de Rh positivo a Rh negativo”. La noticia resultaba increíble. “En todas las pruebas que hicieron durante el embarazo dio que tenía Rh positivo y por eso mismo nos decían que era muy difícil que prosperara”. Concreta y convincentemente, nadie pudo explicar aquello. Los médicos esbozaron como posible argumento que quizás se equivocaron quienes hicieron las punciones intrauterinas en Montevideo “pero era obvio que no le iban a errar varias veces”, sostiene y asume que hubo allí una intervención divina dado que esa mutación “ayudó muchísimo”. En el transcurso de los primeros tres días de vida la niña enfrentó dos transfusiones “que toleró como pudo”. En ambos casos su corazoncito se detuvo, la primera vez durante 3 segundos y en la otra intervención por 17.
“La sangre estaba como envenenada y la bilirrubina alta, así que tenían que hacer esas transfusiones, sí o sí”.
“La verdad es que estuve orando todo el tiempo, siempre pidiéndole al Padre Pío”, confiesa el papá de “Mili” que, detalla, armaba una especie de altarcito en su casa para esos momentos. “En un pasillo ponía una vela junto a una estampita, me arrodillaba y a orar, a rezar mucho. Le pedía que, por favor, me la salvara”. Esa práctica era cotidiana y la asume como de valor fundamental. Así que no dudó en repetir el ritual aquella madrugada después de recibir el aviso de que la segunda transfusión era impostergable y antes de presentarse a firmar el aval para que el procedimiento médico se ejecutara. «En un momento en el que estaba muy concentrado, con los ojos cerrados, percibo que no estoy solo, siento clarito que hay alguien conmigo. Me ericé todito y dije: “tá, sé que sos vos Padre Pío”. Abrí los ojos y lo veo paradito frente a mí, como a un metro de distancia. Era él y era una presencia física, estaba ahí”», sentencia Nicolás sin dejar ningún margen para la duda. Cuenta que sintió nervios “y también un poco de miedo” y no pudo más que cerrar los ojos otra vez y decir: “¡Gracias Piucho, yo sé que vos estás, gracias! ¡No me la dejes morir, por favor! Pero ahora andá nomás, no sigas ahí”. Cuando algunos segundos después volvió a abrir sus ojos la imagen ya no estaba. “Él me hizo caso, se retiró. Le pedí que se retirara y lo hizo”, relata y asume que aquella aparición le provocó una mezcla de sentimientos difícil de describir y, especialmente, de administrar en ese momento. La representación materializada reflejaba al fraile en su vejez, con su espesa barba blanca y el tradicional hábito marrón de los capuchinos. No recuerda si también apareció lo que comúnmente se denomina como el perfume de santidad. Reconoce que la manifestación del santo despertó en él “una lucha espiritual” porque le generó una disyuntiva. Dudaba si “esa presencia era para manifestar que se iba a llevar la nena y me pedía que quedara tranquilo o si venía a decirme que la iba a dejar con nosotros, como señal para que la sigamos peleando”.
La mente, siempre inquieta y astuta, lo sumergió en una dualidad que, reconoce varios años después, no tendría forma de resolver salvo en la medida que se produjeran los acontecimientos.
Pocos días después de las complejísimas transfusiones apareció una hernia “cerca de los riñones” y con ella los anuncios determinantes de nuevas incertidumbres. “Nos dijeron que le iban a hacer una gran operación y que sería muy delicada porque la nena era muy chiquita y estaba débil”. Como siempre, “Piucho” fue el abrigo, «no paré nunca de rezar, siempre estuve en oración confiando a “Mili” a la intercesión de Pío», enfatiza Nicolás y cuenta sobre el que llama como “el tercer milagro”. «Al otro día del anuncio de la hernia me dijeron “padre, desapareció, no está más, la hernia no aparece”. Lo que me salió fue decirles: “¿cómo, si ayer me dijeron que la tenían que abrir y me explicaron todo lo que iban a hacer?”». Ellos reconocían la charla de la jornada previa, pero con la misma certeza confirmaron que la hernia ya no estaba. El padre insistió con sus interrogantes con el único propósito de escuchar más de una vez la noticia de que no había hernia y, entonces, tampoco operación. A esa altura de los acontecimientos ya relativizaba las posibilidades humanas de explicar todo porque “tenía una fe tremenda” y la convicción absoluta de que las cosas pasan o no según la voluntad de Dios.
La niña recibió el alta a poco más de un mes del nacimiento, pero al momento de abandonar el centro asistencial “nos dicen que hay riesgos de todo tipo”. Los médicos reconocían que “había cosas en Milagros que no le cerraban, que no entendían, había fallas en su cuerpo, cosas que no podían ser” y por eso “no ponían las manos en el fuego para asegurarnos algo”. Los padres llevaron a su bebé con la pesada carga de aquellas palabras de los profesionales que sostuvieron mensajes de este tipo: ... “es muy posible que la nena salga de acá y se complique, está muy débil, no podemos darles muchas esperanzas de que viva” … o … “puede que llegue a los dos meses, a los tres, a los cuatro y que en algún momento haga alguna reacción y quede ciega, sorda o como un vegetal o, por ahí, pasa un milagro y vive sin complicaciones” … Y resulta que los milagros sí pasan; ocurren a diario, son comprobables, y quizás sean mucho más comunes de lo que imaginamos. La vida de Milagros es un ejemplo. La pequeña que abandonó el centro asistencial con la estricta recomendación de que no tuviera contacto más que con sus padres, pocos días después de llegar a su hogar comenzó a recibir visitas de familiares.
Meses más tarde “la sacábamos a la calle, siempre en moto, tomando aire, haciendo lo que para nosotros era una vida totalmente normal”. Ya para los dos años era una nadadora destacada, actividad de la que sigue disfrutando con el mismo nivel de desarrollo.
«Hoy “Mili” tiene una vida totalmente “normal”, como cualquier niño de su edad. Conoce su historia y tiene presente que en cada milagro que marca su existencia ha estado la mano del Padre Pío, que sigue estando y nos acompañará por siempre», afirma Nicolás, pleno de emoción y gratitud.
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