"Una de las maneras más dulces de conocer a Dios"

Texto publicado en el libro "Historias de fe con nombre propio" (2021)  


“Había alguien parado en el pasillo e inmediatamente sentí que era el Padre Pío”

“Estaba en mi habitación, ya tarde en la noche, a punto de dormir. Ana, mi señora, estaba en la habitación de al lado haciendo dormir a nuestro hijo. En un determinado momento me llama, me pide que le alcance algo, no recuerdo exactamente qué. Cuando salgo de nuestro cuarto y camino por el pasillo veo con la parte del rabillo del ojo que había alguien parado e inmediatamente sentí que era el Padre Pío”, cuenta Renzo con emoción y explica que la convicción de aquella presencia hizo que fuera innecesario mirar más. 

“Fue la primera vez que vi. No sé si era algo a nivel energético o físico, pero era él”, dice sobre esa experiencia de mediados del 2021 quien ha recibido “enormes bendiciones” a través de la intervención del fraile.

“Fui al cuarto del nene, hablé con mi señora sobre cualquier otra cosa y volví a la cama pensando en lo que me había pasado. No podía desprenderme de esa sensación que tuve, que no fue una sensación mala”. Pocos minutos después Ana regresó a la habitación matrimonial y dijo que, mientras acunaba al niño, «todo el tiempo le vino a la mente el camino de entrada a la gruta y que veía el cartel que tiene aquella frase que dice “reza, ten fe y no te preocupes”, como que la leía muchas veces y al mismo tiempo escuchaba que otra voz se la repetía».

Emocionado por la sincronía, relató a su compañera “la experiencia del pasillo”. Otra vez, como sucedió en varias ocasiones anteriores, Pío se manifestó a la pareja; a cada cual de una forma particular, de una manera diferente, pero con señales que terminan siendo complementarias, que se avalan mutuamente, confirmatorias unas de otras. Después de intercambiar durante varios minutos sobre lo sucedido, asumiendo que debían visitar la gruta y ya rendidos por un largo día que concluyó con tan alto nivel de emoción, se dispusieron a dormir. Pero a Renzo le esperaba otra manifestación que no duda en atribuir a la acción de Pío.

“Cuando estaba por dormir sentí una especie de fogonazo de luz en la cara, como que te disparen un flash bien frente a los ojos y a muy corta distancia, es muy intenso, dura milésimas de segundo. Es realmente algo muy especial que también percibí como positivo y que en el mismo momento entendí que venía del Padre Pío”.

Varios años antes había escuchado que su tía Gladys tuvo una experiencia muy similar que también vinculó a la presencia del santo capuchino.

La certeza de “que nos acompaña siempre”

”Al otro día mi señora va a levantar a nuestro hijo. Cuando llega a la camita me llama gritando”; claramente había pasado algo fuera de lo común. “Ana me acercó el acolchadito del nene. Tenía un olor a rosas impresionante; es como una suave brisa que viene acompañada por ese aroma tan intenso que es único y que así como aparece se va, repentinamente”. Para entonces, Ana y Renzo ya habían sentido otras veces “el aroma a santidad” atribuido a la presencia del santo así que no hubo margen para las dudas. Reconocen que la fragancia “es inconfundible” y creen que quien la haya percibido no tendría dificultades para diferenciarla “de otros perfumes” o de cualquier producto industrial que se utilice para aromatizar ambientes o ropas.

Aquellos eran días “muy tranquilos, normales, no pasaba nada especial en la familia, no había una situación que generara preocupación o algo así”, cuenta y agrega que en los días previos tampoco habían charlado en referencia al santo. «Me preguntaba: “¿qué será esto o para qué será?”, y la verdad es que siento, sencillamente, que se manifiesta para que tengamos claro que está cerca, que nos acompaña siempre».

De sentirse llamado y de llamadas

Pío llegó a la familia Levaggi a través de una particular situación que vivió Jorge, el papá de Renzo, un hombre que si bien fue formado de acuerdo a los preceptos de catolicismo y siempre se mostró muy respetuoso de los asuntos vinculados a la espiritualidad no fue un practicante activo, hasta que llegó a la gruta de La Aurora.

“Mi viejo era un luchador incansable, que lo dio todo por su familia, lo dejó todo para que no nos faltara nada como le pasó a él de chico. Su objetivo era que mi hermano y yo pudiésemos estudiar, que tuviéramos como enfrentar la vida y, gracias a Dios, lo logró”, dice Renzo. Reconoce que siempre sintió a su padre “como el héroe, mi modelo de hombre, para mí siempre fue lo más, lo mejor”, y a medida que describe sus sentimientos aflora la emoción, la misma que se hace evidente cuando habla de su mamá. Desprendiéndose de todo tipo de formalidades y convenciones, afirma, cálidamente: “la amo con toda mi alma”.

“Papá trabajaba como vendedor y si bien nunca nos faltó nada nuestra situación económica era la de una familia trabajadora” cuyos dos hijos, que para entonces estaban terminando Secundaria, planificaban mudarse desde la ciudad de Paysandú a la de Salto para cursar la Facultad de Derecho, la carrera de abogacía. La familia tenía la necesidad de aumentar sus ingresos y Jorge sintió que lo podría lograr generando una cartera de compradores en Salto. “Pensaba que, si conseguía clientes ahí, además de ganar un poco más, nos podría llevar, nos podían acompañar de otra manera”.

Cuando obtuvo el visto bueno de su empresa marchó a probar suerte. Los dos primeros intentos arrojaron resultados escasos así que el tercer viaje sería definitivo. Si no conseguía colocar determinada cantidad de mercadería la experiencia se terminaría y con ello se derrumbaría la planificación de aquel padre ocupado en brindar las mejores condiciones posibles para sus hijos. Y, la verdad es que el tercer viaje tampoco fue bueno, hasta que apareció Pío.

“Esa vez tampoco había logrado una venta tal que ameritara el viaje de un camión hasta Salto. Así que ya de regreso, profundamente desanimado y preocupado por que se complicaban nuestras posibilidades, especialmente las de mi hermano que se tenía que ir primero que yo, por alguna razón decide llegar a la gruta del Padre Pío”. Nunca tuvieron claro cómo se gestó la decisión de su padre; “él mismo nunca supo porque fue”. Suponen que lo habría inspirado el conocimiento de la profunda devoción popular que el fraile de Pietrelcina despierta en esta zona y quizás alguna referencia a lo que comúnmente se denomina como milagro, “seguramente habría escuchado sobre el santo y sobre la gruta y se largó hasta ahí, pero nada más”.

Muchos años después los Levaggi entienden que aquellos minutos resultaron trascendentes porque, más allá de los aspectos materiales referidos a las posibilidades de formación de Marcos y Renzo, titulados como abogados, la experiencia que vivió Jorge fue determinante para la vida espiritual de la familia.

“Llegó al lugar, se sentó en una piedra, la misma en la que nos sentamos cada vez que vamos. Hacía calor, así que se sacó el chaleco, lo dejó sobre esa piedra y rezó. Me lo imagino, por conocerlo, que estaría triste y algo abatido por las dificultades que estaba enfrentando, porque las cosas no estaban saliendo como quería”. Así pasó una media hora hasta que sonó su teléfono, «un celular de aquellos enormes que había antes, a los que llamábamos “ladrillos”». La llamada provenía de una de las fábricas de pastas más importantes de Salto que había visitado sin éxito un rato antes. Pero ahora le decían que, “por una sucesión de acontecimientos muy particulares que se fueron encadenando, querían comprarle un viaje entero de camión de la harina que les había ofrecido. Quedó feliz y salió tan rápido para cerrar el negocio que se olvidó el chaleco sobre la piedra, pero, llamativamente, cuando al cabo de una semana volvió con el fin de agradecer estaba ahí, en
el mismo lugar”.

El señor Levaggi no tenía dudas y así lo transmitió siempre a los suyos: aquel logro resultó de la intercesión de Pío. Desde entonces la familia se sintió especialmente unida al santo estigmatizado, vínculo de reconocimiento, amor y gratitud que se fortalece con el paso del tiempo y el devenir de las experiencias.

“Cuando vemos su imagen es como ver la foto de un familiar querido”

En la medida de las posibilidades la familia comenzó a visitar la gruta. Es cierto, no lograron ir todas las veces que desearon, pero sí acudieron sistemáticamente y siempre con plena consciencia de la presencia de Pío y de las características especiales del predio donde se asienta la imagen.

“Desde la primera vez que puse un pie después de la portera giratoria supe que ese era el lugar más lindo al que había ido, quizás no solamente por el lugar que sí, es lindo, sino por las sensaciones, por lo que genera, por esa paz. Ahí parece que todo va más lento, el aire es más amable, es especial. He conocido muchos lugares, pero ninguno que me genere lo que se siente ahí, no hay uno igual. No creo que exista persona, por más escéptica que sea, que vaya a ese lugar y, al menos, no lo identifique como algo diferente. Ese lugar siempre tiene algo para regalarte”, expresa Renzo sobre el predio de La Aurora que Ángel María Tonna dispuso para homenajear a su amigo.

Ya en algunas de aquellas primeras visitas, de las que han pasado unos cuantos años, sintió “como una brisa, como un viento que surge de la nada, con un aroma a rosas espectacular, un olor fuerte, pero muy fuerte”. Entonces “no conocía la historia del Padre Pío, no sabía de sus milagros ni sus dones, era un santo como tantos al que recurríamos porque había pasado a ser importante para la familia”. Cada vez que sintió aquella fragancia percibió que “era algo especial” pero no tenía la más mínima idea sobre su origen ni qué era concretamente. “Siempre hacía lo mismo, buscaba en el medio del campo para ver de dónde podía venir eso, miraba las flores que había en la gruta, pero siempre son artificiales, así que me quedé con eso y no le dije nada a nadie. Así pasó más de una vez y nunca dije nada, aunque siempre sentí que aquello era raro”, confiesa.

La explicación llegó cuando “tía Carola, que también es muy devota, estaba hablando sobre el Padre Pío y contó lo del aroma. Ahí entendí y resultó sorprendente, emocionante”.

Renzo destaca ese desconocimiento previo para evidenciar que no había en él ningún tipo de predisposición o sugestión que favoreciera el desarrollo de experiencias extraordinarias, “sencillamente porque no tenía idea de esas cosas, de las manifestaciones del santo”.

Lo cierto es que “por alguna razón” comenzó a recurrir cada vez más a la compañía, protección e intercesión de Pío. “Desde algún momento, que no puedo precisar cuándo fue, empecé a sentirlo cada vez más cerca”, experimentando una sensación que no había sentido antes y que se sigue consolidando con el paso de los años. “Lo veo más cerca, más a mano, uno siente que puede llegar a él. La gruta genera eso, su imagen genera eso, transmite una calidez increíble. Cuando vemos su imagen, una foto suya, es como ver la foto de un familiar querido, de alguien muy cercano”.

“Para que los proteja siempre”

Siendo estudiante de Derecho, Renzo conoció a Ana y descubrió otra manifestación del amor, el de pareja. Un verano, cuando el noviazgo ya se había consolidado convenientemente, decidieron compartir las vacaciones. El destino era algún balneario del este, pero, otra vez, “por alguna razón”, surgió la idea de pasar un par de días por Termas de Daymán. Estando allí no perdería la oportunidad de volver a la gruta.

“La invité para ir a un lugar que, le dije, me gusta muchísimo, pero sin mencionar nada más. No le hablé del Padre Pío, ni de las experiencias que había tenido, ni de las manifestaciones que se producen en la gruta. Ella aceptó y fuimos”. La futura esposa “no había ido tanto a la Iglesia; podríamos decir que no había desarrollado tanto lo espiritual”. “Después que pasamos la puerta giratoria nos tomamos de la mano y comenzamos a caminar hacia la gruta”. Tras marchar algunos pasos, “como que los dos pisamos un mismo punto en el mismo momento y apareció esa brisa con un aroma muy fuerte, penetrante. Nos miramos fijamente, pero ninguno dijo nada. Igual, sentí que ella se había sensibilizado por la situación”. Después de rezar, de volver a la piedra preferida de su padre, de, sencillamente, estar y sentir, emprendieron el regreso. 

La salida del predio coincidió con el arribo de una excursión, situación que no tiene nada de
extraordinario considerando la masiva convocatoria del lugar. Pero para Ana y Renzo fue especialmente llamativo que un pequeño niño, “de unos cinco o seis años”, descendiera rápidamente del ómnibus y con la misma intensidad se dirigiera directamente a ellos para entregarles una estampita con la imagen de Pío. Acompañó el presente con la frase: “para que los proteja siempre”. No olvidan la contundencia del mensaje pronunciado por aquella dulce voz, ni la belleza ni el valor del gesto de dar, deseando lo mejor para el otro.

«Ya cuando nos íbamos me preguntó por “ese olor que se siente en ese campo”. Recién ahí le conté las cosas que me pasaron con el Padre Pío, de qué se trataba todo aquello. Ella escuchaba sorprendida y me repetía mucho, pero muy insistentemente, que le había gustado ese sitio, que se había sentido muy bien ahí».

“El Padre Pío escuchó tu pedido”

Ana convivió durante varios años con un problema de salud que llegó a tomar una severidad considerable y que se manifestaba en crisis importantes «que no le permitían desarrollar lo que podemos llamar como “la vida normal” de una joven». El problema actuaba como una especie de pesa, de ancla, que no la dejaba volar en los sueños comunes que aparecen cuando despunta la vida.

“Aquellos días había tenido crisis fuertes, que no eran comunes, que la hicieron pensar que la cosa no estaba bien y que así no podía seguir, tenía que encontrar una solución”, cuenta Renzo. Una noche, en medio de toda esa aflicción, “tomó aquella estampita”, la que le regaló el niño en la entrada al predio de la gruta, y rezó mucho. Más que recitar oraciones memorizadas habló con Dios; abrió su corazón, participó a la Divinidad de todos sus pesares, reconoció que el peso de su cruz se hacía excesivo, difícil de sobrellevar y acudió a Padre Pío como intercesor.

“Al despertar, al otro día, sintió un aroma muy fuerte que invadió la habitación y que le llamó muchísimo la atención. Y claro, empezó a buscar de dónde venía. El tema es que buscaba y buscaba y no encontraba el origen. Ella cuenta que ya entre las últimas posibilidades abrió la cartera para ver si era el perfume de los pañuelos descartables, pero enseguida descartó esa idea. Hasta que da con una estatuita del Padre Pío, una representación hecha en metal, chiquita, de unos tres centímetros que su madre le había regalado y confirma que el olor surgía allí. Se emocionó muchísimo y recién entonces reconoció que el aroma era el mismo que había sentido unos cuantos años antes en la gruta. Agarró fuerte la imagen, rezó, agradeció”, cuenta Renzo con fina precisión lograda por haber escuchado el relato muchas veces, dado que en ese momento todavía no vivían juntos, y, especialmente, porque dimensionó rápidamente el valor de la manifestación. «Cuando me preguntó qué sería lo que había pasado le dije sin dudar “es que escuchó tu pedido, esa es una señal de que acudió en tu ayuda”», asevera.

Poco después de ese despertar tan especial, y sin lograr trascender el impacto de lo que había sucedido, Ana ya estaba en su trabajo. “Por un rato” sintió aquel perfume con la particularidad de que sólo lo tenía en la mano con la que había tomado la estatuita.

Desde entonces “las crisis fueron muy esporádicas, leves, muy puntales. Eso le permitió vivir diferente, trabajar diferente, la alejó de determinados miedos que tenía porque, de verdad, se sentía obstaculizada”. Dios había obrado, Padre Pío lo confirmó.

“Sentí que resonaban dentro de mi estos nombres: Lucio Pío”

“Algún tiempo después pasamos a convivir. Una noche, conversando de temas que nada tienen que ver con la espiritualidad, sentí que teníamos que ir a la gruta de La Aurora, fue un sentimiento intenso, muy claro, pero me lo guardé. Ya cuando estábamos por dormir, Ana se va al baño y me sucede una experiencia que no sé cómo definir. Percibía algo especial en la habitación. Quedé inmovilizado, pero con una sensación placentera, lo vi como algo bueno, aunque, de verdad, no podía moverme y sentía una energía diferente en el cuerpo, algo muy extraño, pero también muy lindo. Al mismo tiempo mi mirada se centraba en un punto fijo del techo mientras resonaban dentro de mí estos nombres: Lucio Pío”, revive Renzo. 

Le resulta imposible precisar cuánto duró aquello, seguramente haya sido unos pocos segundos, pero enfatiza en la intensidad del momento. Recordó que “hacía mucho tiempo” Ana había manifestado su gusto por el nombre Lucio “pero no era el tema de ese momento”. Además, tampoco le convencía que Pío fuese utilizado como nombre propio. La actividad mental de esos segundos fue intensísima hasta que se calmó pensando que nada los apuraba en la consideración de nombres para bebé y, al fin y al cabo, en aquel sólo quería dormir.

“Pero cuando viene mi señora me dice que últimamente se había acordado mucho del Padre Pío y que sentía que si tenemos una hija deberíamos llamarla Oriana Pía. Cuando escuché eso no me contuve. Me emocioné, lloré y le conté lo que me había estado pasando”, dice y señala que esa vez, como en otras varias oportunidades, Pío se manifestó a cada uno de ellos por separado “pero con mensajes que se complementan, que son para los dos, para la pareja”.

Meses después, cuando supieron que Ana estaba embarazada y que esperaban un varón asumieron, “sin ningún tipo de discusión”, que el niño sería llamado Lucio Pío.

La delicada situación de Lucio y la intervención de Pío

“Nuestro hijo nació con sólo 2,4 kilos y con el problema de que no lograba succionar, no podía tomar teta ni mamadera, nada, así que no se alimentaba por sí mismo. Pasaban las horas y el niño se iba debilitando, estaba como adormecido. Nos dijeron que así no podía seguir. Hasta que en un momento nos piden que nos despidamos porque lo llevaban a cuidados intensivos.
La verdad que ahí me derrumbé. Veía a mi hijo tan frágil, tan chiquito, sentimos mucho miedo, estábamos llenos de dudas, pero teníamos claro que los médicos estaban tomando la opción que quedaba”. Renzo recrea la emoción de aquellas horas y no oculta los temores que persiguieron a la familia durante esos días interminables. “Cuando lo vi lleno de cables, siendo tan chiquitito, tan frágil, tan flaquito, lloré muchísimo”, reconoce y dice que en aquella extrema situación “Ana resultó ser la más fuerte o, al menos, quien logró controlar un poco más la angustia”.

“Lucio Pío seguía sin alimentarse por sí mismo, ya era la tercera noche en la unidad de cuidados especiales y la verdad que nosotros estábamos muy mal. Estaba con mi señora, en su habitación del sanatorio, cuando le dije que iría a verlo una vez más”. Ana asintió y dijo que intentaría dormir porque se sentía agotada. Èl se acercó “a esa especie de cunita” en la que estaba Lucio, centró su mirada en el pequeño y “ahí aparece el Padre Pío en mis pensamientos y caigo en que todavía no le había pedido por el bebé”. Los minutos que siguieron fueron especiales. “Le hablé a Pío, le rogué que me ayudara, dije que sentía que no podía más, que me ganaba una tremenda sensación de impotencia, que no podía tolerar verlo así sin poder hacer nada”. Junto al pequeño habían dejado un chupete para corroborar, sistemáticamente, si lograba succionar, pero la buena noticia no llegaba. “Recé, lo miré; recé más, le pide al Padre Pío que lo ayudara. Minutos después, no sé bien por qué, tuve la idea de agarrar el celular y grabar. Puse el chupete en la boca de Lucio, lo encomendé al Padre Pío, y en ese momento, increíblemente, empezó a chupar. No puedo explicar la emoción que sentí; le di besos, muchos besos. No me quería ir de su lado, pero también sentía el deseo de que mi señora se enterara”, relata quien algunos minutos después transitó
“corriendo” los pasillos del sanatorio para compartir la tan ansiada novedad. 

«La desperté, le dije: “¡mirá este video, mirá!”. Se incorporó, miró, se emocionó y llorando me mostró su mano. Tenía, apretadito, un rosario con la imagen del Padre Pío al que le había rezado hasta que se durmió».

Otra vez el Padre Pío había obrado en sus vidas, ayudó para que sus ruegos llegaran al Padre y trajo bendiciones; “otra vez se manifestó a cada uno de nosotros por separado, pero juntándonos”, valora Renzo y habla de la satisfacción de la pareja por “la gran decisión” de que el niño lleve el nombre del santo. “Sentimos que lo encomendamos a él, es como un homenaje, un acto de entrega y de gratitud”.

“Sentí que cuando volviera a ver al Padre Pío iba a estar todo bien”

Para mediados del año 2020, Jorge, “el héroe, el ejemplo de hombre, el referente, compañero de tantas cosas lindas de la vida”, enfrentaba la fase final de una dura enfermedad.

“Desde chico pensaba que lo peor que me podría pasar en la vida sería que me faltara mi padre” y entonces esa ausencia era inminente. Sólo quedaba demostrar amor, acompañar, agradecer, mimar y rezar; pero, el impacto de la propia situación hizo que Renzo “no lograra hilvanar las palabras de un Padre Nuestro”.

“Yo me sentía muy mal, justamente esto era lo que había temido toda mi vida. Sentía una gran impotencia porque no podía hacer nada. Cada vez que veía a mi padre, que antes era la alegría más grande, me sentía abrumado, era una tristeza absoluta ver cómo se iba apagando”. Lo traumático de la situación provocó “una desconexión de lo espiritual”, así lo define. También cuenta que no sintió “enojo” con Dios pero que sí se vio superado por una profunda congoja que lo separaba de su interior. 

“Serían los últimos días del mes de julio o los primeros de agosto de 2020” cuando su actividad profesional le impuso un viaje a la ciudad de Salto. Inmediatamente entendió que sería una oportunidad para volver a la gruta del Padre Pío “a pedir paz”, a rogar “la compañía de Dios para enfrentar esa prueba” y solicitar una bendición muy concreta: “estar con mi padre en el momento de su fallecimiento”.

Seguramente todo hijo desea acompañar a sus progenitores hasta el último instante del proceso de transición a otros planos, pero en este caso había una particularidad. Renzo creció escuchando el pesar de Jorge “porque no pudo estar cuando falleció su padre. Él que siempre estuvo cerca de su padre, que siempre lo acompañó, pero lamentablemente llegó cinco minutos después que falleciera y eso lo persiguió siempre, durante toda la vida”. No quería caer en la recurrencia.

“Invité a Nachito, uno de mis pocos, pero buenos amigos, para que me acompañara. Necesitaba hablar de lo que me pasaba, desahogarme. Siempre confié mucho en él y además, lamentablemente, también le tocó pasar por lo mismo porque había perdido a su papá hacía poco. Estaba seguro de que me comprendería”, enfatiza. Los poco más de cien kilómetros de camino se hicieron escasos; conversaron mucho, abrieron el corazón en la certeza de que escuchaba un amigo, un hermano.

“Al final no pude hacer el trámite en Salto. Faltaban algunos papeles o algo así. Pero cuando salí de aquella oficina pensé que tenía la oportunidad de ir hasta la gruta y quería aprovecharla. Le pregunté a Nacho si me acompañaba y fuimos hasta ahí”.
 
Cuando bajaron del auto para caminar hacia la entrada del predio el compañero de viaje preguntó quién era el Padre Pío, “no tenía ni idea, ni del ser ni del lugar”, y recibió como respuesta “algo muy básico”, que se limitó a indicar que había sido “un cura italiano que llegó a ser santo” y muy poco más. “Poco después de pasar la portera mi amigo me miró con un gesto como de incógnita, como preguntando con la mirada ¿qué pasa acá?”; Nacho “no gesticula demasiado. En realidad, es muy poco expresivo”, así que aquella mirada era reveladora por no ser común en ese rostro adusto. Pero ninguno de los dos habló.

“Me hiciste venir hasta Salto por algo que no pude hacer, pero creo que, en realidad, querías que te venga a ver”, pensó frente a la imagen de la gruta quien volvía en medio de una crisis importante y después de mucho tiempo. Lo cierto es que allí consiguió la predisposición para la oración que le había sido tan esquiva en las últimas semanas. Rezó mucho y pidió, insistentemente, la ayuda de Dios para transitar aquel difícil momento en paz, reconectado “con el lado espiritual”, y rogó la bendición de acompañar a su padre en el momento del último aliento. “Yo le pedí paz y que me dejaran estar en ese momento y sentí que cuando volviera a ver al Padre Pío iba a estar todo bien, todo tranquilo, en su lugar, sabiendo que venía algo muy complicado. La verdad es que me sentí escuchado”.


La incontenible emoción de quien desconocía a Pío

La intensidad de ese rato de oración hizo que se abstrajera. Finalmente se daba el encuentro con Pío, como camino para llegar a Dios, que había sido profundamente deseado así que durante aquellos minutos ese diálogo fue el todo. Recién un rato después, “ya con otro estado de ánimo”, miró a su lado y, para su sorpresa, se percató de la particular situación en la que estaba su amigo.

“Cuando miro para el costado veo que estaba llorando, pero llorando como un nene; lloraba tanto que se ahogaba. Capaz que si veía llorar a otra persona lo puedo considerar como algo normal pero que Nacho estuviera así, sabiendo de sus características, era algo muy fuerte, muy extraño”, expresa con sinceridad. Mientras repasa aquellas imágenes grabadas en su corazón vuelve a señalar, casi que renovando su sorpresa: “lloraba fuerte, con ruido, con lágrimas, ahogado”. Los amigos se sentaron sobre la misma piedra que varios años antes eligió el hombre que ahora se debatía entre la vida y la muerte y cuya situación, de alguna forma, había impulsado este viaje.

«“No sé qué me pasó, no sé qué me pasa, es una emoción que no puedo explicar”, decía Nacho mientras “no paraba de llorar e intentaba secarse las lágrimas”», cuenta Renzo para asumir que su postura oscilaba entre la preocupación y la sorpresa. “Yo no podía creer lo que le había provocado el Padre Pío; a él que hacía diez minutos me había dicho que no tenía idea ni de la existencia del lugar, ni del santo”.

Muchas personas cuentan que, ante la presencia del santo, en la propia gruta o por medio de cualquier otra representación, en cualquier lugar, sienten un deseo incontenible de llorar y generalmente lo hacen de manera prolongada y muy profunda. Los relatos coinciden en definir que se trata de “una especie de emoción muy grande, muy fuerte”. Generalmente quienes viven la experiencia no profesaban devoción por el santo o, sencillamente, lo desconocían. Algunos sienten que después de ese llanto se consigue un estado de paz, armonía y equilibrio y consideran que la reacción tiene un sentido “liberador”.

El viaje de regreso a Paysandú “también se hizo corto”. Ahora porque conversaban intentando explicarse qué había sucedido “y, sobre todo, para qué”. Coincidieron en que fue una situación favorecida por el Padre Pío. “Nacho siempre tuvo la sensación de que le pasó algo bueno, que lo había hecho sentir muy bien. Hablamos mucho de eso en el viaje de regreso, él no salía del asombro…y yo tampoco”.

Pero todavía había una sorpresa, quizás como respuesta a las preguntas que surgieron en el santuario. Poco después de haber llegado a Paysandú, “Nacho me reenvió un mensaje, el primero que recibió cuando llegó a su casa. Era de una persona que hacía mucho tiempo no veía y que le enviaba una imagen del Padre Pío en una cadena de oración o algo así”. Seguramente aquella persona remitió mensajes con el mismo contenido otras cuantas veces sin despertar el interés del receptor. Hasta que esa vez el envío no pasó inadvertido; por el contrario, fue asumido como confirmatorio de la manifestación del santo.

La despedida en paz y amor

“Aquella mañana tomé consciencia de que era el final de mi padre. Encaré el día con una tranquilidad pasmosa, que sólo podía venir de Dios, de la intervención del Padre Pío, porque en realidad siempre había temido profundamente la llegada de ese momento. Sin embargo, estaba muy tranquilo. Así que me bañé, me preparé para ir a despedirlo sabiendo que venía eso y con la paz de que iba a estar ahí en el momento justo”, rememora con emoción, repasando con detalles aquellas horas.

“Pudimos despedirlo con mamá y mi hermano. Le dijimos cuánto lo amamos, le agradecimos todo lo que hizo por nosotros. Nos comprometimos a cuidarnos siempre, dijimos que siempre vamos a estar juntos, y lo dejamos ir en paz para que se encuentre con el abuelo”. Verbaliza la despedida en un admirable estado de armonía que atribuye a la inspiración divina. Reconoce que de no haber recurrido a Pío en busca de ayuda “seguramente hubiese sido una situación muy traumática”, tal como siempre la imaginó.

“Abrazados” por “ese aroma profundo”

A su hermano “le costó bastante más superar la pérdida”, no asumía aquella partida. “Tenía como una especie de enojo con la vida” y parecía que la tranquilidad de Renzo lo confundía un poco más. Era necesario hablar. Así que surgió la idea de un pequeño viaje “de hermanos,
mano a mano, los dos solos” para conversar sin limitaciones. El destino estaba fuera de discusión: la gruta de La Aurora. 

Al tiempo que avanzaban en el camino la charla crecía en intensidad. Las palabras más profundas borraron todo tipo de distancia. Los hermanos se descubrieron y encontraron en el dolor compartido, asumiendo las particularidades con las que cada cual transitaba aquel difícil momento. Cuando llegaron se sentían “mucho mejor”. Sin apuro, con consciencia de cada paso y juntos, iban leyendo los mensajes que aparecen al costado del caminito que va desde el portón de ingreso hasta la gruta. Ya cerca del santuario “había un cartel roto, el poste estaba tirado y la verdad que eso nos llamó la atención porque nunca habíamos visto uno en ese estado”. Se detuvieron y coincidieron en que “había que arreglarlo”. La tarea demandó “un esfuerzo físico importante” y un “rato largo de trabajo”, hasta que consiguieron el objetivo. «El texto del cartel decía algo así como: “benditos los que se arrodillan frente al Padre Pío”. Nos quedamos con eso y sin que ninguno dijera algo cuando llegamos a la gruta nos arrodillamos frente a la imagen», cuenta. Cada cual tuvo su tiempo de oración, con la complicidad y el respeto del otro, y después de allí se sentaron “sobre la piedra a la que veníamos con papá y mamá”. En ese lugarcito tan especial para la familia intercalaron silencios con reflexiones; “nos dimos cuenta de que aquello del cartel era un mensaje fuerte para nosotros. Habíamos ido hablando de la necesidad de estar juntos, de acompañarnos, de ponernos espalda con espalda como hermanos para cuidarnos y cuidar a mamá, como le dijimos a papá”. El trabajo que demandó la reparación del cartel hizo evidente que “ninguno hubiese podido solo, es como todo lo que nos pasa en la vida”.

Asumieron que San Pío les había regalado un mensaje muy práctico, enteramente vivencial. Cuando llegó la hora de la partida coincidieron en la necesidad de volver al frente de la estatua al menos por algunos minutos, sin sospechar que todavía tendrían otra experiencia. «Estando en la gruta nos abrazó aquel perfume tan especial. Creo que lo percibimos juntos, en el mismo momento. Mi hermano me miró sorprendido y me preguntó si yo también sentía “ese aroma profundo”. Le dije que sí. Se emocionó muchísimo y asumimos la presencia de Pío con nosotros», cuenta con gratitud y alegría.

“A veces siento que no merezco tanto”

“Yo soy pecador, no tengo nada especial, no soy mejor ni más bueno que nadie”, enfatiza Renzo que reconoce “alguna sensibilidad especial” y una particular cercanía con Pío a quien define como “un intercesor, una de las maneras más dulces para conocer a Dios, para llegar a Dios, si es que uno abre un poco el corazón y va con voluntad real de que intervenga en su vida”. 

Valora la imagen del capuchino “como la puerta de entrada para la fe” que, incluso, trasciende religiones, credos, dogmas y prácticas: “me parece que parte de su función es ayudar en la conversión de la gente, hacer que conozcamos a Dios, que tengamos fe”.

“A veces siento que no merezco tanto, que me han pasado demasiadas cosas importantes en la espiritualidad, siento la presencia del Padre Pío cada vez más cercana, más real. Entonces asumo que todo lo que Dios me regala no es sólo para mí, sino que es para compartir, para divulgar, para que este mensaje llegue a quien lo necesite porque, como este mensaje, esa presencia, ese amor, es para todos, está en todos”.



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Gruta en Arroyo Malo (Paysandú): “una obra para que todos supieran lo milagroso que es el Padre Pío”

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“El Padre Pío me llevó de la mano por el caminito de la gruta”