El hecho que se narra a continuación sucedió hace unos cuantos años, “más o menos unos 30”. La protagonista de la experiencia, que “en ese momento todavía tenía un hijo chico”, comenzó a sufrir agudos dolores en la zona baja del abdomen que en muchas ocasiones eran acompañados por hemorragias importantes. El diagnóstico reveló la presencia de un tumor de proporciones considerables en el útero y determinó una intervención quirúrgica inmediata buscando preservar la vida de la madre de un niño aún pequeño.
Cuando faltaban pocos días para la fecha de la operación, una amiga de la señora, que también es amiga nuestra y fue quien nos aportó esta experiencia, propuso a quienes enfrentaban el duro trance un viaje hasta La Aurora. Para ellos la visita a la gruta era una práctica muy habitual, “pasábamos las noches enteras en oración, meditando o sencillamente disfrutando del sitio”.
“Lo que sucedió aquella noche es algo increíble, lo hemos contado un montón de veces y la gente se sorprende tanto como nosotros. Fue una verdadera bendición, una manifestación del gran amor de Dios y de la magia de ese lugar”, introduce nuestra interlocutora, una destacada comunicadora de Paysandú.
“Fuimos mi amiga, su esposo, el nene que todavía era chiquito y yo. Nos pusimos a rezar en la gruta, a pedir porque todo saliera bien, por la vida de esa mujer. No había nadie más que nosotros en el campo. Estábamos en eso cuando ella va hacia la parte de atrás de la gruta y se acostó en una especie de pequeña explanadita, como una veredita de hormigón que había, me parece que ya no existe más”, detalla. El niño hizo su oración, pidió a Pío por la salud de su mamá y después se dedicó a jugar entre las piedras. Los adultos, “tranquilos porque el nene estaba seguro, bien cuidado”, prolongaron e intensificaron su oración; no había margen para la duda ni tiempo que perder, era el momento de
pedir, urgía la ayuda de Dios.
“Estábamos muy concentrados, en silencio, cuando de repente vemos que del lado de la estancia viene una luz naranja, muy intensa, que iluminó todo. Tenía una forma que nosotros asociamos como un plafón, como si fuera algo así”, relata y precisa que el desplazamiento se desarrolló “a una velocidad normal. Eso vino hasta donde nosotros estábamos y se paró bien sobre la gruta, arriba de la gruta. Ahí quedó sin hacer ruido” y con una luminosidad que si bien era muy intensa no generaba un efecto de enceguecimiento. Los que rezaban con ahínco redoblaron su empeño. A partir de la luminosa presencia la apacible noche tomó una intensidad insospechada, los protagonistas de la experiencia dejaron de considerar aspectos referidos a las formas, por ejemplo a qué hora sucedió tal o cual cosa o si seguían solos o no en el santuario, para centrarse plenamente en los hechos, en la esencia de lo que sucedía.
“Después que esa luz se posó sobre la gruta, no tengo idea de cuánto tiempo habrá pasado, pero un poco después, sentimos que mi amiga dio un grito desgarrador, muy fuerte, que nos asustó. Corrimos hasta ahí. El hombre alumbró su rostro y la vimos muy débil, casi desmayada y cuando iluminó el resto del cuerpo apreciamos que le corría un hilo de sangre por las piernas”, revive con lágrimas en sus ojos. Mientras la luz con forma de plafón “seguía ahí” y asumiendo un apabullante estado de duda, resolvieron ayudar a que la mujer se incorporase; muy lentamente. Con extremo cuidado lo lograron, sosteniéndola entre ambos. Al tiempo que recuperó la verticalidad percibieron que “cayó algo y no nos dábamos cuenta qué era. Cuando el hombre alumbró el suelo vimos que del cuerpo de mi amiga había salido algo que por el tamaño y la forma yo lo comparo con un tomate podrido, era bien parecido a un tomate podrido, con un olor insoportable. Era el tumor, lo había echado por la intervención del Padre Pío y los seres de La Aurora y el trabajo que hizo esa luz que no sé si era una nave o qué, pero es obvio que eso tuvo que ver. Ahí nos dimos cuenta que aquel grito fue motivado por el dolor que sintió cuando el bulto se desprendió y que esa era la causa del sangrado”.
En ese momento “el plafón” se redujo hasta transformarse en una luz muy diminuta, moviéndose hacia el sur hasta perderse de vista.
Algunas horas después, los exámenes médicos confirmaron que el útero estaba sano, que el tumor había desaparecido. La historia corrió rápido por los pasillos del Hospital de Paysandú. Su protagonista jamás rehusó hablar “del milagro que recibió en la gruta del Padre Pío” e incluso alguna vez contó su experiencia al plantel de profesionales del área de ginecología; pocos quisieron escuchar, a pesar la evidencia.
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