Su crucifixión

Transcripción del libro "Homenaje a Padre Pío" del Padre Gerardo de Flúmeri

(Ediciones "Voce de Padre Pío" - 1981)

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"Estaba confesando a nuestros muchachos la tarde del 5, cuando de golpe sentí un terror extremo al ver a un Personaje Celeste que se presentó frente a los ojos de mi inteligencia. Tenía en sus manos un instrumento, parecido a una larguísima lámina de hierro de punta muy bien afilada de la que parecía salir fuego. ¡Ver a este personaje, y tirar con toda su fuerza el ya mencionado instrumento hacia mi alma, fue una sola cosa!... ¡A grandes pendas pude emitir un lamento, me sentía morir!... Le dije al muchacho que se retirara porque me sentía mal y no tenía fuerzas para continuar. Este martirio duró hasta la mañana del día 7, sin interrupciones. ¡Todo lo que sufrí en este período tan doloroso es algo indecible! Hasta mis vísceras las veía arrancadas y estiradas por ese instrumento, y todo puesto al hierro y al fuego. Desde ese día me hirieron a muerte. En lo más íntimo de mi alma siento una herida que permanece abierta, y me hace delirar asiduamente". (Epist. 1, 1065)  

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"¿Qué puedo decirle con respecto a lo que me pregunta, sobre cómo ocurrió mi crucifixión?

¡Dios Mío! ¡Qué confusión y qué humillación pruebo al tener que manifestar lo que Tú obraste en esta mezquina criatura!

Era la mañana del día 20 del mes pasado, estaba en el coro, después de la celebración de la Santa Misa, cuando una tranquilidad parecida a un dulce sueño se apoderó de mí... Todos mis sentidos internos y externos, a excepción de las facultades del alma, se encontraban en una quietud indescriptible. 

Durante todo este tiempo hubo un silencio total tanto a mi alrededor como dentro de mí; una gran paz, un abandono a la privación más completa de todo y un reposo en la misma ruina se apoderó de mí.

Todo esto pasó en un segundo. Y mientras todo iba ocurriendo, me ví frente a un misterioso Personaje, parecido a aquel que vi la tarde del día 5 de agosto, y entre los cuales la única diferencia visible era que a éste le brotaba sangre de las manos, de los pies y del costado.

Su vista me aterró; lo que sentí en aquel momento no sabría describirlo. Me sentía morir y hubiera muerto si el Señor no hubiera intervenido para calamar a mi corazón, que ya parecía querérseme salir del pecho.

La visita del Personaje se desvaneció y yo me di cuenta que mis manos, pies y costado habían sido perforados y brotaban sangre.

Imagínese el dolor que sentí y que siento desde entonces. La herida del corazón sangra constantemente, especialmente a partir del jueves hasta el sábado. 

Padre Mío, me muero de dolor por la confusión que experimento en lo más íntimo de mi alma. Temo morir desangrado si el Señor no escucha los gemidos de mi pobre corazón y retira de mí este martirio.

¿Me hará esta gracia Jesús que es tan bueno? ¿Disipará por lo menos la confusión que siento por estos signos externos?

Levantaré mi voz hasta Él, y no desistiré en mis ruegos para que por su misericordia infinita retire de mí, pero no el dolor, puesto que me parece imposible, y siento además que quiero embriagarme de dolor, sino estos signos externos que son para mí motivo de confusión y humillación indescriptible e insostenible. 

El individuo del que le quería hablar no es otro que él que ya le mencioné en mi carta anterior, el que vi el 5 de agosto. El prosigue su operación ininterrumpidamente, con el consiguiente supremo dolor del alma. En mi interior yo siento un tumulto continuo similar al de una cascada, pero de sangre. ¡Dios mío! Es justo el castigo y correcto tu juicio, pero otórgame un poco de tu misericordia. Domine - te diré con tu Profeta, Domine, ne in furore tuo arguas me, ne in ira tua corripias me" (Epist. I, 1093 y sig.).      

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"Desde hace días siento en mi interior algo parecido a una lámina de hierro que desde la parte inferior del corazón se extiende hasta la parte inferior de la espalda derecha, en línea transversal. Me causa un dolor agudísimo y no me deja un minuto de reposo" (Epis. I, 1106).

Los estigmas del Padre Pío      

La estigmatización de Padre Pío se puede dividir en dos períodos: uno de preparación, que duró 8 años (desde septiembre 1910 - hasta septiembre 1918); y el otro, la estigmatización verdadera, que duró 50 años (desde setiembre 1918 - hasta septiembre 1968).

Durante el primer período, llamado generalmente el período de los estigmas "invisibles", los signos de la pasión del Señor aparecieron en forma intermitente sobre el cuerpo del venerado Padre. Pero, el dolor permanecía cuando los signos externos de las heridas eran invisibles, habiendo estos desaparecido debido a sus insistentes rezos al Señor, y se manifestaban "especialmente en algunas circunstancias y determinados días", (Epis. I. 266, 669).  

Durante el segundo período, los estigmas fueron siempre visibles y permanentes, a partir de la mañana del viernes 20 de septiembre de 1918 (Epis. I, 1093-1095), hasta su muerte. Al principio los estigmas eran pequeñas heridas, pero luego, después de algunos meses, éstas se agrandaron y tomaron la forma redonda, de casi 2 centímetros de diámetro que conservaron hasta el final de su vida. La herida del costado tenía la forma de una cruz, cuya extremidad más larga, puesta en forma oblicua, iba desde la 5a. - 9a. costilla, llegando al borde costal, mientras que la parte transversal de la herida era la mitad en dimensión.

Durante 50 años, las llagas, que fueron objeto de estudios por parte de varios médicos, enviados tanto por las autoridades competentes de la Orden como por la Iglesia, atrajeron la atención de centenares y millares de fieles. Como decía el Padre Benedetto, cuando Padre Pío celebraba la Misa, "se exponía el don al público, ya que sus manos debían permanecer en algo y desnudas". (Epis. I, 1129, N. 4).

Las atestaciones de Padre Paolino  

"A título de crónica debo decir que lo que más me llamó la atención al ver las llagas, fue la forma de la que del costado, esta se advertía desde la parte del corazón, y no ya del lado del costado como dicen algunos. Tiene casi la forma de una X, por lo que se puede deducir que son dos las heridas, lo cual concuerda con lo que he oído decir, pero lo que no puedo probar por falta de documentos seguros, es que mucho antes de recibir los estigmas el Padre Pío fue herido por la espada de un Ángel del lado del corazón. Lo otro que me causó mucha impresión fue que esta llega presenta todas las características de una fuerte quemadura, no superficial, sino una quemadura que se adentra hasta el costado mismo". (Padre Paolino da Casacalenda, Mis memorias sobre Padre Pío, pág. 173).      


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